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Ángel Fernández  NCR-Octubre-2019

El Hombre con la Naturaleza.

Es fácil comprobar que las actividades de los seres humanos nunca han sido tan malas en su conjunto, pero tienen efectos cada vez más nocivos y degradantes sobre el entorno, aunque es evidente que la supervivencia de la especie humana depende de su capacidad de respetar los equilibrios naturales.

Como consecuencia de las manipulaciones biológicas en lo relativo a la alimentación, de la utilización a gran escala de agentes polucionantes, de la acumulación mal controlada de los deshechos nucleares, por no citar más que los principales riesgos, el desarrollo de la civilización ha estado poniendo en gran peligro su entorno.

La protección a la naturaleza y la salvaguarda de la humanidad, que antes solamente concernía a los especialistas en la materia, se ha convertido ahora en una cuestión de ciudadanía. Es más, ahora ha alcanzado un plano mundial.
Esto es tan importante que ha hecho que cambie el concepto mismo de naturaleza y que el hombre tome parte activa de ella: en nuestros días, ya no se puede hablar de «naturaleza en sí misma», la naturaleza será lo que el hombre quiera que sea.

Una de las características de la época actual es el gran consumo de energía. Este fenómeno no sería inquietante si se hubiera llevado con inteligencia; se comprueba que los recursos naturales se están explotando en demasía y que se van gastando gradualmente (el carbón, el gas y el petróleo), y además, algunas fuentes de energía (centrales nucleares) presentan riesgos importantes que son difíciles de controlar.

Se observa igualmente que, a pesar de las recientes tentativas de concertación, existen peligros tales como las emisiones de gases con efecto invernadero, la desertización, la deforestación, la polución de los mares, etc., que no son objeto de las medidas adecuadas porque no existe suficiente voluntad.

Además de que estos atentados al entorno hacen correr graves riesgos a la humanidad, dan la imagen de una gran falta de madurez, tanto en el plano individual como colectivo. Y aunque no todo el mundo piense igual, los desajustes climáticos actuales, con las correspondientes tempestades, inundaciones, etc., son una consecuencia de las agresiones que infligen los hombres desde hace mucho tiempo a nuestro planeta.

Con toda evidencia, existe otro importante problema que cada vez es más crucial en el porvenir: el del agua. Se trata de un elemento indispensable para el mantenimiento y desarrollo de la vida: bajo una forma u otra, todos los seres vivos tienen necesidad de ella y el Hombre no es una excepción a esta ley natural, ya que su cuerpo contiene un 70% de agua.

Sin embargo, aproximadamente un habitante de cada seis tiene problemas para acceder al agua dulce, proporción que puede alcanzar a uno de cada cuatro antes de medio siglo debido al aumento de la población mundial y a la polución de ríos y arroyos. Los grandes especialistas en la materia están de acuerdo en decir que la apuesta de este siglo será el agua o el «oro blanco» en lugar del «oro negro», con todos los riesgos y conflictos que ello supone. Se impone igualmente una toma de consciencia global del problema.

Por otra parte, la polución del aire conlleva igualmente importantes riesgos para la vida en general y para la especie humana en particular. La industria, la calefacción y los transportes participan en una degradación de su calidad ensuciando la atmósfera, lo que es una fuente de riesgos para la salud pública. Las zonas urbanas son las más afectadas por este fenómeno que amenaza con ampliarse según aumenta la urbanización.

En este orden de ideas, la hipertrofia de las ciudades constituye un peligro para el equilibrio de las sociedades que no debe ser descuidado. En cuanto a su crecimiento, adoptamos la postura que en su época emitía Platón: «Mientras, al agrandarse, conserve su unidad, la ciudad puede extenderse, pero no más allá». El gigantismo no puede favorecer al humanismo, en el sentido en que se entiende que ello conlleva, necesariamente, el desarraigo en el seno de las grandes ciudades y genera malestar e inseguridad.

El comportamiento del hombre hacia los animales forma parte igualmente de sus relaciones con la naturaleza: es deber suyo amarlos y respetarlos. Todos forman parte de la cadena de la vida, tal como se manifiesta sobre la tierra, y todos son agentes de la evolución. A su nivel, todos son igualmente canales del alma divina y participan del Plan Divino. Incluso, podríamos considerar que los más evolucionados serán los hombres del futuro. Por todo lo anterior, es indigna la condición en que viven muchos de ellos y en las que son abatidos. En cuanto a la vivisección (disección practicada en un animal vivo, con el propósito de hacer estudios o investigaciones científicas), vemos en ella un acto de barbarie.

Angelito-Universal

En general, la fraternidad debe incluir a todos los seres que la vida ha puesto en el mundo.

En tal sentido, señalamos el pensamiento de Pitágoras: «Mientras que los hombres continúen destruyendo sin piedad a los seres vivos de los reinos inferiores, no conocerán ni la salud ni la paz; mientras se masacre a los animales, se matarán entre ellos, porque quien siembra la muerte y el dolor no puede recolectar la alegría y el amor».