Se habló en algún momento de la existencia de un tiempo real y de otro alternativo; ahora el tiempo real que forma el «Plan Universal»  ya ha llegado. Es momento de conjunciones, energías, portales dimensionales, etc. integrándolos para crear un “Tercer Tiempo” como suma de lo anterior. 

Se ha iniciado una reacción en cadena hacia la «Elevación de Conciencia Planetaria y personal» de la que todo el mundo habla y que nos lleva a la madurez, estabilidad y pleno conocimiento de nuestra misión individual y colectiva.

En 1614, se dio a conocer casi al mismo tiempo en Alemania, Francia e Inglaterra, un Manifiesto. En aquella época, este texto suscitó numerosas reacciones, especialmente entre los pensadores, filósofos y responsables de las religiones del momento, en particular los de la Iglesia Católica. De manera general, llamaba a una Reforma Universal, tanto en el campo religioso como en el político, filosófico, científico, económico, etc. La situación entonces era caótica en muchos países de Europa, hasta el punto de que se hablaba abiertamente de «crisis europea».

Causalmente igual ahora; parece que es provocada por circunstancias diferentes, pero tal vez sus causas pueden ser las mismas o parecidas. Los autores de estos manifiestos proclamaban pertenecer a un círculo conocido bajo el nombre de «Círculo de Tübingen». Eran apasionados del hermetismo, la alquimia y la cábala. 

El objetivo de esta «apelación a la cordura» no es exponer la historia, sino apelar sobre el estado de la humanidad, especialmente a través de sus principales campos de actividad: la moral, el arte la economía, la política, la tecnología, la ciencia, la religión, etc., sin olvidar su situación desde el punto de vista ecológico.

Este texto constituye para mí, una base de reflexión; en efecto, el tiempo pasa, pero el futuro que se perfila de década en década y de año en año sigue siendo muy preocupante. La «crisis», como se llama comúnmente, parece haberse instalado de forma permanente en muchos países. Sin embargo, no hay que ser pesimistas en cuanto al futuro, y aún menos apocalípticos. 

Copio y pego algo que leí «Más allá de las apariencias, el período turbulento que atravesamos constituye un “paso aparentemente obligado” que debería permitir a la humanidad trascender y renacer». 

Este texto no está dirigido a una élite determinada; lo que expreso ahora no es dogmático ni ideológico, simplemente es una idea que no es nueva ni original en sí misma, pero que a mi modo de ver, merece una reflexión. 

En realidad, deseo lanzar una llamada al humanismo, a la ecología al equilibrio y al los llamados «suprahumanos»; así como a todo lo que está unido a la armonía con el ambiente la naturaleza y el cosmos ya que desde mi punto de vista todo pertenece a él, aunque en aparienciaalgunos pareciera que están por encima de la unidad humana.

Son las condiciones para que nos regeneremos y conozcamos la felicidad a la que todos aspiramos. La crisis que hace estragos en muchos países, por no decir en todos, no es solamente pandémica y social sino también económica y financiera. 

Esto es consecuencia de una crisis de valores de la civilización actual, en el sentido global del término. Dicho de otro modo, es la humanidad como tal la que está en crisis. Pero ¿qué tipo de crisis? Aunque tenga respuesta en parte a esta pregunta y en los siguientes me parece necesario tomar y precisar el pensamiento. Los ideales son un deber que nos incumbe como ciudadanos junto con el aspecto material ya que el fin último de la búsqueda humana es desde siempre evolucionar y vivir en paz en esta vida. 

Pienso que nos encontramos sumidos en una crisis de valores, por dos causas principales: las grandes religiones establecidas desde hace varios siglos ya hoy no responden a las vicisitudes que se plantean las mujeres y los hombres actualmente, ya no son adecuadas; lo que explica porqué se alejan cada vez más, dejando un vacío que muchas personas ni siquiera tratan de llenar. 

Paralelamente, los países llamados desarrollados no tienen en cuenta los valores en el sentido en el que se educa al ciudadano, casi únicamente se impulsa al bienestar a través de las posesiones materiales y el consumo a ultranza y esto nos lleva al lugar donde nos encontramos en este momento.

El poder del dinero se ha distorsionado y su uso pasó de ser un medio de cambio legal de pago a convertirse en un fin en sí mismo, algo que se desea como tal, cuando en sí mismo no es nada. 

Las religiones actuales y con el respeto que se merecen todas, deben de tener en cuenta que las conciencias y las mentalidades han evolucionado mucho desde su aparición, de modo que actualmente sus afirmaciones parecen fuera de este tiempo a innumerables personas, especialmente a los jóvenes y si siguen así estarán condenadas a desaparecer a medio plazo  con sus consecuencias. 

Respecto al dinero, ya no se trata de caer en la demagogia pero ha perdido el valor como moneda de cambio; aunque es imprescindible todavía para vivir en esta sociedad. Todos lo necesitamos para nuestro bienestar material y para satisfacer las necesidades legítimas que ofrece la existencia, pero con el tiempo, ha adquirido demasiada importancia, hasta el punto de condicionar y regir todos los sectores de la actividad humana. En nuestros días, es objeto de un verdadero culto convirtiéndose casi en una religión y cada día se sacrifican en su altar los valores éticos más elementales (honradez, integridad, equidad, solidaridad, etc.), de modo que constituye más que nunca un vector de degradación. 

No soy partidario del «voto de pobreza» y no pienso que la riqueza es incompatible con los valores; siempre se trata de mejorar nuestra condición de vida y de ser féliz. Esta tendencia forma parte de nuestra naturaleza y está en nuestro proceso de «evolución»; no quiero decir con esto que el propósito de la existencia sea hacerse rico, pero tampoco es natural ni normal aspirar a ser pobre. Por otra parte, el hecho de estar desamparados material o económicamente no nos hace mejores en el plano humano y no es un valor espiritual, como tampoco lo es el hecho de ser rico. 

La felicidad a la que todos aspiramos más o menos consciente reside en un equilibrio entre lo material y lo espiritual y no en la exclusión de una de las dos. Por esta razón todo individuo que su fin sea únicamente a la espiritualidad y que llegue al punto de privarse de los placeres legítimos de la vida, no puede ser feliz. Lo mismo ocurre con los que quieran hacerse de las posesión humana y material como su único fundamento para el bienestar. Esto explica porqué muchas personas que se consideran prósperas, son desdichadas en lo más profundo de sí mismas ya que sufren  un vacío interior que ni «todo el oro del mundo» puede colmar. En este sentido, todos conocemos el refrán: «El dinero no da la felicidad», aunque de hecho puede contribuir a ella. 

Seguimos en el próximo número.