El pasado 8 de marzo, el mundo conmemoró el Día Internacional de la Mujer, una fecha que en pleno siglo XXI ya debería estar abolida. Hablar de igualdad en un mundo donde está plenamente comprobada la capacidad de ambos sexos para compartir en plenas condiciones el desarrollo de la humanidad, es un tema que preocupa.

Pero más que preocuparnos debe ocuparnos. Debemos buscar las causas reales que impiden esa igualdad que sigue pareciendo una utopía. Un tema del que se deben ocupar antropólogos, sociólogos, psicólogos, humanistas… incluso economistas y todos aquellos que sepan ahondar en el fondo de la sociedad y en la condición humana.

Yo por mi parte me limito a observar y a ver cómo las mujeres de diferente índole: profesionales, sin formación, con hijos, sin hijos, blancas, morenas de aquí y de allá siguen rompiendo techos y luchando contra viento y marea por encontrar su lugar en el mundo.

Mujeres en muchas ocasiones anónimas que se convierten en ese “sexo débil que sostiene al mundo”. Mujeres que luchan cada día por sacar adelante a sus hijos, muchas de ellas solas, en familias monoparentales, con condiciones de trabajo paupérrimas y, aún así, logran el milagro de levantar una familia.

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Mujeres que optan por no tener hijos, se proponen romper techos laborales, duermen pocas horas, muestran resultados, sacrifican esa otra parte que hubiesen querido ser: madres, intentan llegar a la cima y romper ese último peldaño al que no pueden optar pero, sin embargo, dejan esa huella en la sociedad que las consume.

Mujeres que logran ser científicas, grandes artistas, políticas de renombre, respetadas, valoradas por sus grandes logros, afortunadas por haber tenido acceso a la buena educación. También valiosas, porque supieron aprovechar las oportunidades que les brindó la vida.

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Mujeres que deciden ser madres, ejercer la maternidad como un derecho, como una opción de vida, pues quieren disfrutar de sus hijos, educarlos, formarlos y entregarlos a la sociedad, muy loable desde luego.

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Mujeres que lo hacen todo: son madres, trabajan, son voluntarias en asociaciones, se implican en movimientos feministas, hacen parte del Club de las malas madres, sufren depresiones y aún así siguen luchando.

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Mujeres que se desarraigan, dejan familia, país, pero no pierden sus raíces. Son nómadas con sueños, con proyectos, con necesidad. De todo aprenden, se adaptan y luchan por no ser diferentes.

En definitiva, lo que necesita la mujer, a mi modo de ver, es la libertad; la libertad de elegir lo que quiere ser. No de una manera impuesta, no por discriminación, no por dejadez de la sociedad, no por impositivo político, no porque se lo exige una sociedad patriarcal. Elegir en condiciones igualitarias. Todas las opciones son válidas, siempre que exista la libertad.

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La Igualdad de Género, un reto de la Agenda 2030 de Naciones Unidas.