Mayo 2020

Se aproxima mi quinto aniversario oficial como inmigrante y hoy, por primera vez desde que pisaba los mosaicos cromáticos del aeropuerto internacional de mi ciudad natal, siento una profunda necesidad de gritar a todo pulmón en algunas líneas: “mamá, voy a migrar y no sé cuándo regreso…!”.

Me doy cuenta entonces, que durante esta cuarentena no se ha establecido un horario específico para gritar; así que mientras aplaudo, grito hacia adentro, llenando mis pulmones de una ardiente esperanza de cambios y libertad.

Grito a todo viento hasta que el aire hace vibrar mi corazón y mis palmas aplauden hacia afuera en modo homenaje a los que salen por estas calles;  mis manos se enrojecen mientras aplauden para adentro, tan fuerte, que siento cada palmada como golpes en la espalda; orgullosa de todos los aciertos y fracasos que hoy me impulsan a salir a mi balcón a perpetuar este ritual colectivo de agradecimiento.

Le aplaudo a los valientes en las primeras filas de acción y combate; le aplaudo a la gente que desde sus casas conviven con sus pensamientos y sentimientos a flor de piel, descubriéndose en sus ambientes individuales y colectivos cargados de emotividad.

Y aplaudo, aún más fuerte, a mi valentía por estar aquí en mi entorno vital, junto a mi hija y mi esposo; aunque separada de nuestra extensa familia unida por un vínculo intrínseco al país natal. Aplaudo por no haber dedicado ni una lágrima a la cuenta regresiva en los pasillos rumbo al embarque de nuestra salida; frente en alto, sonrisa dibujada y mirada enfocada en la luz para que nuestra pequeña de 5 años nos percibiera en “modo avión; vamos de vacaciones a disfrutar.

Aplaudo a los que se quedaron en mi casa, percibiendo el abandono de otros miembros de su familia repartida y distante a muchas horas de vuelo del hogar.

Aplaudo a toda la  gente que vela por mí en cada rincón del planeta donde les ha tocado quedarse o establecerse por primera, segunda y quizá por última vez hasta su despedida final.

Aplaudo todas las tardes para honrar a mis caídos, y a los desconocidos que se desploman por una causa de la que yo fui una vez protagonista.

Aplaudo también a los que se levantan cada día y en cada rincón de este planeta para conquistar nuevas glorias cotidianas, mundanas y espirituales que retan constantemente su integridad física y moral.

Y seguiré aplaudiendo fuerte, respirando hondo –inhala, exhala-; gritando mis logros, soplando mis aniversarios, pidiendo mis deseos, agradeciéndole a la vida, a la existencia, a la presencia aquí y ahora; sembrando mis logros y fracasos en nuevas tierras para echar raíces de aprendizaje y experiencia vivida que me brinde una nueva cosecha de sabores, olores y sensaciones por descubrir.