Es mucha la inquietud que despiertan las crisis que ahora vivimos: la sanitaria, desatada por esta nueva enfermedad que asola el planeta, llamada covid-19, seguida de una muy grave crisis económica que ya empieza a evidenciarse y de una inminente crisis social. Y esa intranquilidad se agudiza por la incertidumbre derivada de no saber lo que va a pasar en el futuro próximo.

Aunque la inquietud ante lo que pueda deparar el futuro, sus riesgos y oportunidades, no es algo nuevo. En la Antigüedad era frecuente recurrir a algún tipo de sistema de adivinación u oráculo, como el de la griega Delfos, para paliar la incomodidad que provocaba no controlar el futuro. Hoy, los científicos, los técnicos y otros que atesoran un saber experto desempeñan en cierta medida la función de augur; pues con frecuencia se acude a ellos para pedirles el ejercicio de la “reflexividad” que en su día enunciase Anthony Giddens; esto es, para explicar lo que ocurre y lo que puede ocurrir en un mundo complejo y en constante transformación como el que nos ha tocado vivir. En el que los cambios se suceden con rapidez, afectando a las distintas esferas de la vida individual y colectiva. A título ilustrativo baste por ejemplo con subrayar, entre otras cuestiones de variada importancia, la generalizada digitalización de nuestras vidas cotidianas, de la que forman parte fenómenos tan notables, aunque recientes, como Google (1998), Wikipedia (2001), Facebook (2004), YouTube (2005), Twitter (2006), la llegada de los Smartphone al mercado (2007), el lanzamiento de las primeras app (2008), y las tablet, wifi, bluetooth, GPS, pantallas táctiles y un largo etcétera de innovaciones técnicas que hoy se prolongan en nueva oleada protagonizada por la inteligencia artificial, la robótica y el internet de las cosas, entre otras.

Por supuesto, todos esos cambios, radicales en ocasiones y que se suceden a un ritmo vertiginoso, no surgen de la nada, sino que son desarrollados por personas concretas insertas en el seno de grupos, corporaciones, instituciones -es decir, por ciertos actores sociales-, que promueven esas innovaciones y orientan los cambios en direcciones determinadas: en general, acordes con su conveniencia -esto es, con su utilidad y provecho para dichos actores sociales-. Además, explican y justifican los cambios de manera concreta, presentando con frecuencia la dirección que toman como la única y mejor posible. Claro está que en este nuevo escenario hay muchos actores sociales compitiendo por aprovechar las oportunidades que surgen por orientar los cambios y por explicarlos a su conveniencia.

Las crisis -sanitaria, económica, social– que en la actualidad sufren nuestras sociedades han intensificado en buena parte del mundo la sensación de cambio y la necesidad de interpretarlo, no sólo porque han cambiado las experiencias que vivimos durante las largas semanas de confinamiento y las posteriores de “desescalada”, sino también porque no sabemos cómo ha de ser esa “nueva normalidad” hacia la que nos encaminamos. Son muchas las preguntas, de índole e importancia variada, que se acumulan sobre nuestro futuro próximo. En suma, ¿qué características ha de presentar esta nueva normalidad, -esto es, el contexto social en el que se desarrollen nuestras vidas cotidianas-? Y quizá sobre todo ¿quién definirá esa nueva normalidad? ¿qué actores sociales orientarán el rumbo que tome el cambio en nuestras sociedades? 

En un reciente artículo la periodista canadiense Naomi Klein ya advertía, en línea de razonamiento semejante a la que aquí expongo -en su caso, con motivo del nombramiento del ex Ceo de Google para imaginar la realidad post covid del estado de Nueva York-, del peligro que representa lo que ella llama el “Screen New Deal”: en suma, que las grandes corporaciones tecnológicas (las que en el argot comunicacional llamamos GAFAM -Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft-) dirijan y orienten la construcción global de la “nueva normalidad”. Argumentando que estas tecnologías son la única forma posible de enfrentar la pandemia y la mejor y más segura opción para el futuro, buscan al tiempo constituirse en el soporte tecnológico de nuestras vidas cotidianas (salud, enseñanza, trabajo, relaciones personales, rastreo de datos, pago sin dinero físico, …),  incrementando su ya fabuloso volumen de facturación económica y su insólita capacidad de conocer lo que somos y hacemos así como de influir en lo que pensamos -acaparando pues porciones de poder económico y poder simbólico inéditas en la historia-.

Definir nuestro futuro es responsabilidad de todos los ciudadanos de esta sociedad (en ejercicio informado de la democracia deliberativa que propone Habermas). Esa responsabilidad no debe quedar sólo en manos de determinados actores sociales con ámbitos de acción nacional o internacional y con agendas más o menos ocultas -como la que algunos atribuyen a ciertos grupos políticos que actúan en nuestro país-.

Debemos ejercerla entre todos los que hoy formamos España: los nacidos aquí pero también los que, habiendo nacido en otros lugares, han aprendido a querer a esta sociedad nuestra y quieren en consecuencia contribuir a su mejor desarrollo.

Miguel de Aguilera. Doctor en Ciencias Políticas y Sociología y Catedrático de Comunicación en la Universidad de Málaga.