FILOSOFANDO_

Lo conocí alrededor de mis seis años (o nos reencontramos, no lo sé) y nos “enamoramos” al instante. Yo lo elegí desde mi inocencia y él me eligió desde la ternura. Y al año siguiente ya era parte legal de mi vida, pero, de allí en adelante nos olvidamos de la legalidad y fue el amor, aquel amor del principio, el que guió nuestras vidas.

El transcurso no fue de un amor tórrido, sino un amor de detalles, de pequeñas cosas que a la larga fueron trascendentes. Un amor responsable y concienzudo. Un amor de respeto mutuo combinado con la preocupación de procurar el mayor bien para quien queremos.

Él asumió la paternidad como si yo hubiera salido de sus entrañas, pues creemos que sólo así se puede querer a alguien por encima de nosotros mismos. Pero él se encargó de demostrar que existen excepciones, como para todo. Al punto, me ha hecho dudar si quien fuera mi padre biológico, hubiera hecho tanto por mí. Y quería decir que no me dio riquezas, ¡pero no es cierto!

Me brindó la riqueza de ser una persona con principios, me legó el amor por los libros y por la música, me orientó y ayudó en mis estudios hasta verme con un título universitario, cuidó de mi salud y me orientó en mis relaciones y hasta me llevó al altar para que yo iniciara mi propio núcleo familiar.

Claro que no me dejó dinero, a eso me refería, porque su dinero lo invirtió siempre en la familia… ¡y en mí! Pero para qué el dinero, si eso lo puede hacer cualquier y todo el dinero que yo pudiera hacer en mi vida no podría pagar todo lo que él hizo por mí.  

Ah, y cuando se convirtió en abuelo de dos criaturas… había que verlo volver a la infancia con su experiencia: tantos juguetes elaborados con sus manos llenas de amor para que sus nietos disfrutaran. Siempre presente en cada quebranto propio de la infancia y hasta la reprimenda adecuada en cada traspiés cometido por ellos.

Y sí, él también tuvo una hija biológica… pero yo fui su primera hija, su niña mayor, su primer amor, su tesoro más preciado. Y eso me hace recordar una novela radial que transmitían en Venezuela cuando yo era pequeña que se llamaba “El Papá de mi Hermanito”, ¡ja ja ja!, la realidad puede ser mucho más compleja e ilustrativa que cualquier novela.

Y como la vida es un boomerang, me devolvió la jugada, y me puso allí en sus últimos momentos (que fueron largos y sufridos), y lo agradezco porque al final pude decirle desde mi corazón y para siempre: “te amo, papá”.   

La mayoría de los padres son extraordinarios, esto es sólo un pequeño homenaje para un hombre capaz de amar aun por encima de su propia naturaleza.