Como algunos saben, me encanta leer sobre historia universal, porque si observamos con detalle la gastronomía típica de cada país o región, podríamos darnos cuenta que no es más que el resultado de la historia universal. Cada gran acontecimiento histórico, religioso o político; cada invasión, colonia o éxodo, trajo consigo una fundición de culturas y costumbres que podemos fácilmente identificar en la manera de alimentarnos. 

En esta ocasión les contaré sobre los dos grandes acontecimientos que cambiaron el rumbo de la historia y nos daremos cuenta de cómo, dos sucesos aislados, distanciados en el tiempo por cientos de años y que sucedieron en lugares del planeta completamente opuestos, terminaron relacionados entre sí y en su proceso de transculturización adoptaron miles de costumbres que se conjugan con nuestras costumbres gastronómicas actuales.  

El primero de estos dos grandes acontecimientos, fue el nacimiento de una persona, Jesús de Nazareth, cuyo paso por la tierra fue tan importante que hasta dividió la historia en dos. Antes de Cristo el mundo era uno y después de Cristo sin duda todo cambió. Porque más allá de la religión, el mito o el Dios, Jesús sólo era un hombre con un mensaje que, en su esencia más pura, fue muy fuerte y muy claro: Ama al prójimo como te amas a ti. Y cuando hablamos del prójimo, nos referimos a todos los seres que habitamos la tierra; porque en el amor está el respeto y en este coexiste el equilibrio. Creo que estamos de acuerdo, en que el equilibrio de nuestro mundo está perdido y que algo parece estar fallando en el amor al prójimo.

Justamente esto es lo que significa la Navidad, celebramos el nacimiento de Jesús y recordamos su mensaje. Aunque existen estudios que indican que en diciembre no pudo haber nacido Jesús, no es secreto para nadie que nuestro calendario o sistema para medir el tiempo fue impuesto por el Papa Gregorio XIII en 1582 para sustituir el calendario juliano que se utilizaba desde los tiempos de Julio Cesar y según estudios de la Universidad de Salamanca (en aquella época) tenía un desfase de 10 días. 

El calendario gregoriano se “creó” para “corregir” este desperfecto en la manera de medir el tiempo, haciendo que a su vez coincidiera con lo que decía la biblia y el sincretismo con festividades paganas.

El segundo gran acontecimiento histórico que cambió radicalmente la gastronomía del mundo fue la llegada del hombre europeo a América el 12 de octubre del año 1492. Vamos a imaginarnos la situación: llegar y encontrar todo un continente virgen que, a pesar de estar poblado por civilizaciones autóctonas y milenarias, en comparación con la antigua Europa medieval, la naturaleza era abundante, frondosa y salvaje.

Las personas que allí habitaban cultivaban alimentos diferentes, cazaban animales diferentes y comían de manera diferente. Y llegó el hombre blanco, que impuso sus costumbres, su religión, su idioma, sus atuendos y por su puesto su comida; pero también ocurrió de manera contraria, el hombre blanco adoptó costumbres y comidas de los pobladores americanos y adoptó celebraciones paganas bajo el nombre de los santos católicos. 

Fue sin duda el encuentro de dos mundos totalmente diferentes, que transgredió para siempre el curso de la historia y por supuesto, la manera de alimentarnos. Por ejemplo, el tomate tan emblemático en la gastronomía italiana, es de origen americano; la humilde patata, que salvó a Europa de grandes hambrunas es autóctona de los Andes. O la caña de azúcar, cuyo origen está en Nueva Guinea, fue llevada y cultivada por los europeos tan masivamente en América del Sur y las islas del Caribe, que se convirtió en parte esencial de su identidad gastronómica. 

Después de entender el impacto histórico de estos dos grandes acontecimientos es interesante analizar cómo influyen en nuestras celebraciones decembrinas. Por ejemplo, en la navidad venezolana no pueden faltar las hallacas, según el historiador Rafael Cartay “es la estrella del plato navideño… un plato laborioso, de difícil elaboración, de factura familiar, cargado de representaciones simbólicas que evocan la madre, la infancia, la patria, la navidad y el sentido de la fiesta”. La hallaca es una especie de pastel envuelto como un tamal en las hojas de la planta del plátano macho. Es una masa hecha a base de maíz (de origen americano) rellena con un guiso de ternera, cerdo y gallina, en cuya preparación es imprescindible el uso de aceitunas, alcaparras, uvas pasas y vino tinto, entre muchos otros ingredientes que son de origen europeo, hoy en día incluso algunos como las aceitunas, siguen siendo importados desde Europa, pues en América el olivo no da frutos. 

Existen muchas leyendas sobre el origen de la hallaca venezolana; lo indiscutible es que es de origen colonial, entre los años 1.600 y 1.800, cuando diversos ingredientes llegaban de cualquier manera a manos de los esclavos indígenas y ellos basados en sus costumbres, sus herramientas o sus conocimientos los preparaban combinándolos con sus ingredientes ancestrales. Eso, amigos lectores, es lo que hoy en día nos empeñamos en denominar “gastronomía fusión” y es que en realidad la cocina siempre ha sido y siempre será una “fusión” de ingredientes, costumbres e historia. 

Muchos somos los que estamos fuera de casa y en esta época más que nunca extrañamos el calor del hogar, queremos tener nuestra comida y que sepa exactamente igual a la de la abuela. Y es posible que a veces se nos dificulte encontrar exactamente los mismos ingredientes. Pero les cuento un secreto de chef; si respetamos la esencia de un plato y en esta amplia gama de oportunidades buscamos ingredientes sustitutos, quién sabe si tal vez hasta podríamos mejorar la receta original, agregándole un toque de nuestra historia personal para contarla a nuestros hijos y a los hijos de sus hijos. 

Foto: @migravenezuela 

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