Nunca antes en la historia contemporánea de la humanidad se había evidenciado con tanta contundencia la necesaria formulación y activación de un pacto entre las personas, de individuo a individuo, que nos diera a cada uno el baremo mínimo necesario de comportamiento para preservarnos como especie, como colectivo.

Nunca antes fue tan importante intentar convivir entre todos de una manera respetuosa apuntando al bienestar común desde lo individual. Comprobando, a ciencia cierta, que nuestro comportamiento puede hacer la diferencia en preservar la vida o morir, más allá de cualquier forma de discriminación que hayamos conocido hasta que apareció este letal momentum de nuestra historia.

¡Vaya lección de civilización! Todo se volvió efímero, superficial, sin importancia, excepto sostener la capacidad o no de tan solo respirar.

Ha sido un lugar común, en miles de contextos, afirmar que la vida es un suspiro, y ciertamente, siempre sonó un tanto poético hasta que se volvió una verdad a rajatabla. Esa sola frase es la diferencia real entre la vida o la muerte, pero no de uno, o dos, o cien, sino miles de ciudadanos, de gentes que murieron.

Ni todo el conocimiento del mundo, ni tanta tecnología y avances pudieron salvarles de un asesino tan diminuto. Hemos puesto al hombre en la luna, pero no pudimos sacarle el micro intruso de los pulmones a los que murieron.

Hemos visto barreras y límites desplomarse ante la inminencia de vivir o morir. Llegó un virus capaz de atacar por igual a personas de cualquier raza, religión, nivel sociocultural, estrato económico, grado educativo, género, nacionalidad, documentados e indocumentados, solventes o endeudados, empresarios y desempleados, a todos por igual. Esta ha sido la prueba más fehaciente de que, ante la tasa de mortalidad más volátil y brutal de este siglo, todos somos exactamente iguales: vulnerables, frágiles y blanco de ataques. Que nada puede salvarnos de la amenaza viral, ni aun estando en el primer mundo o en el quinto.

Un capítulo de la humanidad que se relatará con millones de voces. Indiscutiblemente habrá un antes y un después. Todos tuvimos que abandonar la rutina, lo cotidiano, lo que considerábamos la “normalidad” de la vida sólo (repite “sólo”) con el foco puesto en sobrevivir y hacernos lo menos tóxicos para otros, evadir a toda costa la infección.

La situación creada por el COVID-19 debe llevarnos a pensar y definir de nuevo la vida, a removernos las viejas ideas arraigadas sobre nuestras maneras de ser “seres humanos”. Antes de que este angustioso episodio de la serie Coronavirus nos confinara en casa, ya teníamos un pacto que podía darnos algunas pistas de hacia dónde debíamos dirigir nuestras próximas acciones como sociedad, pero sin prestarle la debida atención. Tampoco ponerlo en práctica más allá de los retóricos de cada país. 

El acuerdo firmado entre los países que se suscriben a la Organización de Naciones Unidas, (considerando a “países” como uno de esos conceptos bastante abstractos y cuestionables que deberían de ser revisados, antes de que acabe este decenio, con el consenso de todos los que vivimos en uno), y que agrupa  los 17 objetivos más importantes para la humanidad y sus 169 acciones necesarias para poder cumplirlos, denominados Objetivos de Desarrollo Sostenible u ODS (según sus siglas en español), es en principio un buen manual de procedimientos para una humanidad que, desde hace ya bastante tiempo, está venida a menos.

Hemos perdido nuestros dudosos rasgos de lo que siempre llamamos civilización. No solo por la falta de equilibrio en los criterios mínimos necesarios para convivir entre todos, o la poca o nula coincidencia en cuáles son los valores que deberían  predominar como herramientas para ejercer el ser persona, sino porque, por vez primera, hemos visto, experimentado y sufrido que no hay barreras limítrofes ante una amenaza biológica, ni derechos o deberes. No hay privilegios. Ni siquiera hay espacios geográficos estériles. 

Hemos entendido, de una buena vez que la humanidad es una. Comprendimos que aquello que afecta a una persona en un continente puede matar a otra en el más distante punto geográfico del mundo. Hemos sido testigos de que las decisiones, buenas o malas, que toma un gobernante en un país pueden generar consecuencias, contundentemente, a todos por igual a pesar incluso de no ser ciudadanos de ese lugar. 

Es decir, que ya ni nuestra ciudadanía puede garantizarnos condiciones mínimas de vida o seguridad social. Borramos los mapas nacionales y hemos tenido que ver el mapamundi completo para entender el movimiento del vector que disemina el contagio y que afectó las rutinas y el statu quo que habíamos creado con tanto celo. Vimos estadísticas de muertes mundiales.

Es necesario redefinirnos como mundo, crear un manifiesto humano nuevo, un manual de instrucciones adecuado al siglo XXI en el que todos estemos. En plena era de la información en tiempo real, debemos preservarnos. O nos salvamos todos o ninguno.

Hay que extirpar ese sitial de honor que nos caracterizaba frente al reino animal haciéndonos creer el cuento de que somos los civilizados del planeta, y que lo que hemos sido, en muchos aspectos, es el depredador más nefasto del mundo. Creemos con arrogancia sublime que porque tenemos la capacidad de conversar somos los sabios, pero es que con el lenguaje obtuvimos mucho más que la capacidad de comunicar, también de redactar problemas, de escribir leyes no siempre tan justas, hasta de redactar informes que evidencian las brechas que hemos creado los ilustrados humanos.

Es hora de tomarse en serio este doloroso escarmiento con el que nos recibió el 2020. Segura y optimistamente, después de esta pausa obligatoria, se llegará a la tercera versión de los Objetivos de Desarrollo Sostenibles, porque luego de los fallidos Objetivos del Milenio y ahora de los de Desarrollo, comprendemos que aún faltan inquietudes que analizar y resolver, antes de poder llegar a un pacto común en un mundo tan desigual. Lo justo sería ocuparnos entre todos de los que están en condiciones extremas.

Antes de erradicar la pobreza en el mundo tal como lo enuncia el objetivo #1 de los ODS, hay que garantizarles agua potable y energía eléctrica óptima a todos los confines del planeta. Previo a lograr el objetivo #2, hambre cero, tenemos que hacer que todas las personas tengan garantizado el derecho a un trabajo justo y bien remunerado, si no es obvio que “hambre cero” no es el plato a servir.

Cada objetivo que no se cumpla debe obligatoriamente pasar por revisar los cambios políticos en países con regímenes fuera de todo orden, que son los que casi siempre generan los problemas a sus ciudadanos y al resto de los países. Es imposible creerse el relato optimista del objetivo #3 sobre salud y bienestar cuando aún hay mujeres sometidas a la ablación. Tampoco el objetivo #3, pues hay poblaciones enteras en desnutrición, y tantos otros problemas que nos afectan, ya no por países sino de persona a persona, sin importar el origen geográfico, tal como lo acaba de demostrar el COVID-19

Sobre el tema de la educación de calidad, este cuarto objetivo también revela aspectos cuestionables, tanto en la aplicación de los métodos pedagógicos como en el contenido impartido. Habría que comenzar por replantearse educar con propósito. ¿Para qué? ¿Mera acción de subsistir bajo una acreditación? ¿O más buscando promover ciudadanos lo suficientemente bien formados en sus propias capacidades como para plantear soluciones? Porque la educación actual, tal como se imparte en la gran mayoría del sistema de educación mundial, salvo en algunas afortunadas excepciones, evidencia que está más que obsoleta. Caducó como modelo y no se adecúa a las nuevas exigencias del siglo XXI. Dejemos atrás de una buena vez el siglo XIX.

¿Consumo responsable? Como si ya viviéramos en un mundo en el que en cada esquina del planeta hubiera cadenas de distribución, facilidades de acceso a bienes y servicios, producción local, o aseo urbano eficiente, O tan solo acceso a sistemas de pagos o bancarización.

 Y, cuando hablamos de banca,  no olvidemos que es otro aspecto que requiere una revisión inmediata y una actualización urgente de paradigmas (antes del próximo “crash”) El sistema financiero tal como está concebido hoy en día también debe mutar. Aún hay comunidades que no tienen acceso a ningún tipo de consumo. Ni siquiera alguno que pudiéramos calificar de irresponsable como para creernos el enunciado del objetivo #12. Hay lugares del mundo donde no hay consumo ni siquiera irresponsable porque no hay ingresos que los respalden. 

Es muy ingenuo pensar que las brechas entre los países y sus ciudadanos se reducirán desde cada administración de cada país sin participación colectiva, al menos con quienes ya tienen historia de buenas prácticas. Es necesario empezar a borrar límites, a saber que el problema del vecino es también mi problema, que si su casa se está incendiando la mía es la próxima en quemarse, y que si no apagamos el fuego entre todos la candela terminará por consumir esta pequeña y maltratada esfera azul que llamamos La Tierra. 

El COVID-19 llegó para mostrar lo equivocado que estamos todos al crear miles de capas de separación, muros, límites, destacando más las diferencias que las semejanzas. Tanto así que nos ha obligado a separarnos de los afectos sin abrazos o apretones de mano (las formas más humanamente genuinas de fraternidad entre las personas) Hemos estado luchando como sociedad por cuotas de poder que se desvanecen ante un microscópico y eficiente gestor de igualdad que, por cierto, cobra muy caro su factura, llevándose a amigos y familiares de alguien que ni tan siquiera despedirse de su muerto puede.

Es una maravillosa oportunidad de juntar esfuerzos, derribar muros, tejer puentes, sembrar para compartir. Llegó el tiempo de corregir el rumbo, calibrar el GPS y rediseñar la estrategia en función, ya no de quién paga la cuenta del mundo (si el FMI, el PIB de cada país, las reservas de los Bancos Centrales), de los recursos de cada país, o de cuanta artillería coleccionan unos u otros en sus arsenales, sino más de quién aún tiene todos los deberes pendientes, las condiciones más extremas. 

Dejemos la hipocresía de lado. Nadie puede ser enteramente feliz en su propio entorno viendo a los niños jugar mientras algunas coordenadas más allá hay niñas siendo violadas por sus maridos en matrimonios prematuros, o niños mano de obra para que todos compremos más barato nuestra próxima porquería de moda. Hasta que no les ayudemos a pasar del padecimiento al bienestar, la materia común seguirá siendo generar la calidad de vida que todos merecemos mientras todo esté pendiente por resolverse. 

Desgraciadamente, la amenaza seguirá siendo para todos por igual. La próxima vez que hablemos de derechos humanos recordemos que ningún derecho está garantizado mientras la amenaza esté latente. Así que la gran lección del COVID-19 es mostrarnos que, para la Tierra,  todos somos iguales.