Cuando sólo vemos nuestro dolor perdemos de vista a Dios. La verdad nos hace libres y siempre tiene un nombre. Casi siempre sentimos que “alguien” nos da la espalda; pero verdaderamente no es el momento de desconectarnos de nosotros mismos y menos de ese “alguien” que piensa que lo que vivimos fue construido por ambos, pero es tan doloroso que no lo podemos entender.

Nos crearon para ser amados y olvidamos en el camino la lección del vuelo; la lección del soltar. Sólo vemos a través de nuestro propio dolor. ¿Cómo podríamos confiar así en Él?

¿Cómo sentirse amado si estamos lejos dentro de nuestra propia fuente? El camino es largo y solitario, pero, sin olvidar lo aprendido, nos rendimos ante Él en la puerta donde todo comenzó.

El camino es serio. En la ruta aparece el Juicio; ese juez con dones de superioridad y relativa verdad.

Queremos la promesa de una vida inmune al dolor y eso no existe. El mal o la oscuridad siempre tienen una entrada frágil a través de la pérdida de la confianza y allí nos cuestionamos ¿Cómo perdonar y dejar atrás? Muchas de las tragedias que vivimos no son orquestada por Él, sino por nosotros mismos; porque el AMOR -única fuerza que lo puede contrarrestar- no se impone ni se instaura…

Somos color y luz, y ojalá algún día, solo algún día, podamos verdaderamente comunicarnos con el amor del corazón. ¿Lo dudas?

No; dudo de la capacidad de perdonar, dejar pasar para saber amar. No sé cómo perdonar y si es que es algo que tengo que perdonar, pero me dice al oído que lo haga en voz alta; por eso escribo. Igualmente seguiremos enojados…por mucho tiempo seguiremos sintiendo la misma sensación hasta que un día se haga más sencillo…y nos perdonemos.

No importa lo que estamos sintiendo, porque no tenemos que sentirlo solos…