Al día de escribir este artículo (21 de marzo), los fallecimientos en el mundo por causa del Coronavirus ascendían a 11.423, según publica la página web de Statista. La OMS calificó al COVID-19 como una pandemia global el 11 de marzo pasado, momento a partir del cual, muchas personas en países donde todavía no se había manifestado este mal comenzaron a cobrar conciencia de la gravedad de este asunto. Los artículos de prensa, los reportes de organismos médicos internacionales, las opiniones de analistas y del público en general, a través de las redes sociales, se cuentan por millones en todo el mundo. 

En lo que va de este siglo, se han desatado epidemias de alcance internacional que han cobrado la vida de cientos a miles de personas: Ébola (2013-2016 África Occidental, aproximadamente 11.300 víctimas mortales), Gripe A – H1N1 (2009 – 2010, se calcula en más de 18.000 el número de fatalidades), SRAS (2002 – 2003, sur de China, 774 muertes). 

Por otra parte, han ocurrido tragedias naturales, siendo las más devastadoras y mortales las debidas a terremotos. Menciono a continuación algunas de ellas: Japón en 2011 (terremoto de magnitud 9.1 Mw, causando más de 15.000 fallecimientos y desplazando el eje terrestre aproximadamente 10 cms, acortando los días según la NASA en 1,8 microsegundos), el maremoto de Indonesia en 2004 (su sacudida y posteriores tsunamis afectaron a varios países que bordean el océano Índico, matando a más de 230.000 seres humanos); Haití 2010 (se estiman en 200.000 las víctimas mortales). 

Como vemos arriba, no son pocas las calamidades sufridas por el mundo en lo que va del presente siglo. Lo más actual es que a finales del año pasado, comenzó a reportarse en la ciudad de Wuhan (China central) el surgimiento de un virus de rápida dispersión que afectaba peligrosamente las vías respiratorias. Al principio, el gobierno chino no pareció darle especial importancia a dicho surgimiento e incluso se dice que desestimó las voces de alerta de algunos médicos. 

La rápida dispersión y el creciente número de víctimas fue pasto de llamas de la prensa china y luego de todo el sistema de noticias internacionales. Las redes sociales resultaron ser unas de las vías de dispersión de noticias y rumores del mismo calibre de este virus, cuando ya comenzaba a causar estragos en países fuera de China. Surgieron rumores y especulaciones, muchos de carácter apocalíptico, así como también desestimaciones a varias escalas (gobiernos, organismos internacionales, comunidades especializadas).

El sostenido crecimiento en el tiempo de los efectos mortales y sus implicaciones en los sistemas hospitalarios, financieros y la vida toda de los países afectados, sacudieron al mundo, lo cual se vio remarcado al ser calificada como pandemia.

En estos momentos, el escenario mundial se nos presenta más grave de lo estimado a principios de año, habida cuenta de los reportes de víctimas y la rápida dispersión evidenciada de este nuevo virus. Casi todos los países afectados han tomado la drástica medida de confinar a sus ciudadanos a cuarentenas que se extienden hasta mediados del próximo mes. Este confinamiento está trayendo varias consecuencias en todas las escalas y ámbitos de la vida humana. 

Desde cada uno de nosotros en lo individual hasta grandes corporaciones, instituciones, sistemas financieros y comerciales, países y continentes enteros, hemos visto afectados significativamente nuestras actividades habituales y hasta los modos de operar y comportarnos. Saludos interpersonales, protocolos de higiene personal, cambios radicales de rutinas diarias, hasta maneras de operar de instituciones académicas, bancarias, comerciales y políticas se han tenido que adaptar a cambios mayúsculos en su funcionamiento. 

Actualmente, enfrentamos el enorme reto de adaptarnos a esta nueva circunstancia que, aunque seguramente pasajera, conllevará una serie de cambios que impactarán la vida de cada uno de nosotros en prácticamente todos los ámbitos de la misma, por ello se impone una revisión de nuestras rutinas, tanto a escala individual como colectiva.

Una primera e importante conclusión es que la solidaridad entre personas, grupos humanos y naciones es determinante para superar esta calamidad. También se requiere trabajo en equipo, desde agrupaciones ciudadanas organizadas hasta gobiernos de países y organismos internacionales.

¡La acción u omisión de los protocolos por parte de un solo individuo puede tener repercusiones de dimensiones inimaginables!

Debemos tener muy presente que enfrentamos, hoy en día, muchas más preguntas que respuestas, todas generadas por los efectos de este flagelo mundial. Así pues, debemos preguntarnos: ¿Debo pasar más tiempo con mi familia y seres queridos?, ¿reforzar y estrechar los lazos familiares?, ¿soy tolerante y solidario con “el otro”, “el diferente” (entre otros, el migrante)?, ¿asimilaré los cambios positivos que esta crisis impulsa para su solución en lo individual?, ¿podré convertirme en un mejor ser humano?

E igualmente a nivel de las compañías, instituciones financieras y de gestión ciudadana: ¿Podemos impulsar protocolos y actividades laborales más humanas y bio-amigables?, ¿es el teletrabajo una opción digna de ser impulsada y masificada?, ¿ofrecen los gobiernos a sus ciudadanos servicios dignos, masivos y justos en el sector hospitalario y de servicios?, ¿la corrupción rampante e impune, de muchos miembros de las clases políticas gobernantes, seguirá obstaculizando y retrasando el desarrollo de mejores sociedades?

De la manera que respondamos y reaccionemos a estos y otros retos que impone la crisis creada por el COVID-19, dependerá en buena medida nuestra vida a mediano y largo plazo.