Cuando nos referimos al amor, siempre pensamos en términos de pareja y, no es menos cierto que, el amor hacia otra persona y siendo recíproco, es algo maravilloso que todos hemos tenido como objetivo en algún momento de la vida.

Sin embargo, estando en pareja o no, hay un amor mayor. Existe un amor que nos llena cada día, aún sin percatarnos de ello (aunque la intención de este artículo es hacernos conscientes) Y ¿cuál es ese amor? ¡el amor a la vida!

Sí, la vida está llena de amor si te permites recibirlo. Si estás atento, la vida te lo regala; y si lo tomas, la alegría y el regocijo que sientes te llena de un oxígeno especial que, irremediablemente, llenará además tu entorno.

Hace pocos días, desperté una mañana bastante fría. Mi cerebro, como de costumbre, aún estaba lento, tomé un café y, al estimularlo, me permitió percatarme que otro día más estaba viva, por lo cual agradecí.

En mi proceso de despertar atisbé un rayo de sol que entraba por la ventana, y entonces, subí la persiana para que la casa se calentara un poco; al abrirla no encontré un rayo de sol sino un día soleado. Y me quedé allí, de pie, pensativa y un poco aletargada aún, recibiendo ese maravilloso calor natural y contemplando la curvilínea montaña que le da marco a mi paisaje. Entonces, un sonido especial llamó mi atención: era una bandada de pájaros que alegres compartían alimento en un solar cercano y que luego alzaron vuelo hacia el cielo. Después de contemplar ese espectáculo, salí, por alguna razón, a la terraza, y encontré que una planta de cactus que allí tengo, me sorprendió con una hermosa flor de intenso color rojo, delicada en contraste con su origen.

No habían pasado más de diez minutos desde el momento en el que desperté, y de repente, me encontré sintiendo algo especial dentro de mí, un alborozo que hacía latir mi corazón de una manera diferente, una alegría especial y una satisfacción absoluta.

En ese momento comencé a filosofar al respecto. Quería comprender lo que me sucedía y el por qué.

Me percaté que aquel proceso había comenzado con mi atención, con permitirme observar todo lo que había a mi alrededor; y en ese proceso verificar las sorpresas que la vida me brindaba aquel día… y ¿no era así cada día? ¡claro que sí! El detalle está en que, normalmente, andamos por la vida completamente distraídos, porque en realidad no hace falta ni siquiera invertir esos diez minutos sino, simplemente, estar verdaderamente presente en la vida para llenarnos del amor que las pequeñas cosas que nos rodean nos brindan cada día.

Como guinda de aquel pastel, al poco rato comencé a leer mensajes de buenos días procedentes de amigos muy queridos que siempre están presentes en mi vida, aunque la mayoría de ellos se encuentran físicamente lejos; también recibí llamadas de personas que se interesan por mí y otras tantas de trabajo, ese trabajo que complementa mi vida. Y creció mi alegría al hacerme consciente del amor que recibo de tantas gente. Y en el filosofar de ese proceso pude traer a mi conciencia, también, y en retrospectiva, la cantidad de personas que han marcado mi vida con su atención y su amor.

Y siendo parte de la diáspora que, lamentablemente, ha marcado el presente histórico de Venezuela, concluí:

“No importa donde te encuentres, la vida siempre está llena de amor para ti”.