Los primeros ratos de luz naranja del amanecer iluminaron la casa como de costumbre, una raya de luz en el piso de la cocina indicaba el avance inexorable de aquel día.

Cuando ese rayo de luz pasaba sobre la mesa, daba también las horas de las dos primeras comidas, pues indicar la hora de la cena era tarea de la noche y la oscuridad.

Los habitantes del árbol de navidad sabían con exactitud la fecha de ese día, muñecos de nieve, payasos y osos  esquiadores, Santas de todo tipo y serios y firmes cascanueces conversaban desde sus respectivas ramas del árbol de navidad; algunos tristes por el fin de las festividades,  otros alegres porque la dura jornada de luces de colores, escarcha y música llegaba a su fin; teniendo por delante todo un año completo para descansar dentro de sus cajitas forradas en fieltro, con tiempo de sobra para  conversar con sus vecinos sin que el destello de la luces de navidad los deslumbrara, aquel día, era un día de enero, fin de la navidad.

Al escuchar los pasos de la familia ocupándose ya de los quehaceres de la jornada que comenzaba, todos volvieron rapidísimo a sus posiciones, tranquilos y en silencio para no despertar ninguna sospecha, guardando así su mayor secreto: ellos, los habitantes del árbol de navidad, eran los únicos que podían cada noche de navidad presenciar la llegada del verdadero Santa con sus regalos y el mágico nacimiento del niño Jesús.

No era una tarea sencilla estarse quietito cuando desde el fogón de la cocina se desprendían deliciosos olores de panes fritos en miel y mantequilla espolvoreados con canela y azúcar, el delicado aroma del café hirviendo mezclado con una cremosa y dulce leche.

Estarse inmóvil, firme, serio o sonriendo, era más difícil aún al pensar que, para volver a tener una mañana como aquella, tomaría un año completo. Pero valía la pena todo ese trabajo cada año, cada navidad.

Los primeros en volver a sus cajitas fueron los cascanueces, que lanzaron un suspiro de alivio cuando por fin el rollo de cinta adhesiva dejó de gritar en sus oídos mientras los envolvían, luego todos los demás envueltos y guardados meticulosamente uno a uno, bambalinas y luces, muñecos de nieves paracaidistas; una vajilla desde donde Santa saludaba cada mañana fue envuelta, hoy con el mismo gesto Santa se despedía al ser guardado en el último de los platos dentro de la caja  – Jo, Jo, Jo; hasta el año que viene, que descansen amiguitos, Dijo Santa antes de esconderse en su caja de cartón.

El árbol de navidad y su base que da vueltas ocuparon su lugar en lo alto del desván. Por último, el niño Jesús regresó jugando y sonriente a su cofrecito de madera y terciopelo, llevándole a Papá Dios el mensaje de amor y esperanzas de todas las personas buenas del planeta, a fin de cuentas, esa era su misión, y el motivo de su venida al mundo.  

Todos acomodaditos volvieron al armario, donde descansa el Espíritu de la Navidad de cada hogar y, entre los bostezos de unos y los estirones perezosos de otros, comenzó la larga espera de la próxima navidad.

Un Cascanueces inquieto salió de su pequeña caja, fusil al ristre, presto a dar una vuelta de reconocimiento al inmenso armario; en su recorrido le pareció escuchar unas campanillas que le recordaban un niño llorando, cosa muy extraña pues los habitantes del árbol de navidad nunca lloran.

El sonido del llanto lo guió hasta la más lejana de las esquinas del armario, allí, envuelto en papel de seda, lloraba desconsolado un angelito de cristal. El Cascanueces preguntó sorprendido:

– ¿Por qué lloras, te duele algo?

El angelito de cristal no dejaba de llorar, tanto que las palabras no le salían, hasta que, dando un gran suspiro, logró calmarse para contarle al cascanueces porque lloraba tanto.

– Me perdí la navidad, no vi el nacimiento del niño Jesús ni la llegada de Santa.

Le contó el angelito de cristal al cascanueces, que un poco confundido preguntó de nuevo:

– ¿Pero qué pasó, cómo sucedió que te perdiste la navidad?

La voz del angelito de cristal sonaba como unas campanillas mientras les respondía.

– Sabes, como soy de cristal, soy muy delicado y, para que nada me pasé, la navidad pasada me guardaron muy bien en la última esquina del armario.

Seguía hablando entre sollozos el pequeño ángel de cristal;

– Me guardaron tan bien que esta navidad no pudieron encontrarme y entonces me perdí la navidad. Terminó de decir el angelito con su voz de campanillas comenzando de nuevo a llorar.

El Cascanueces pensaba en alguna forma de hacer sentir mejor al angelito de cristal hasta que se le ocurrió una genial idea.

– ¡Sabes! Yo te contaré como fue la navidad, así la podrás imaginar, cada día te daré detalles, tantos que creerás que estuviste todo el tiempo allí disfrutando, desde la punta del árbol, cada cosa que sucedió esta Nochebuena.

El angelito de cristal no cabía de la emoción y su campanilla de cristal no dejaba de sonar.

– Gracias Sr. Cascanueces, comience usted entonces ¿Cuénteme cómo fue esta navidad?

El Cascanueces que había escuchado y observado atento desde su posición en el árbol todo lo que pasó esa navidad comenzó entonces su relato, muy calmado pues tenía todo un año para hablar con el angelito.

– Esta navidad padres y madres surcaron grandes distancias para llegar hasta donde estaban sus hijas e hijos, pero también los hijos y las hijas atravesaron el mundo entero para sentarse con sus padres la noche de navidad y para darse el abrazo de año nuevo, tías y tíos, primos y primas, hermanos y hermanas, amigos y amigas hicieron también largos viajes para estar con sus familias y seres queridos.

El angelito de cristal escuchaba al cascanueces con los ojos de par en par y el cascanueces seguía contándole.

– Como ves, en navidad no importan las distancias, cuando las personas quieren realmente estar unidas.

El Cascanueces emocionado seguía hablando.

– También esta navidad las personas compartieron la fe, la esperanza y el amor en el sueño de un mundo de paz e igualdad para todos, muchos fueron los que dieron comida y regalos a aquellos que tienen menos y necesitan más.

– Sabes angelito-; reflexionaba el soldadito de madera;

– Esta navidad los hombres y mujeres de buen corazón elevaron sus oraciones al cielo pidiendo, en nombre del niño Jesús, bienestar y salud para todo aquel que lo necesite; como ves, angelito, la bondad es lo más importante de la navidad.

Cada palabra del Cascanueces llenaba de emoción al angelito de cristal que de tanto llorar estaba cansado.

Pero el Cascanueces seguía y seguía contándole con muchos detalles cada cosa que sucedió esa navidad.

Le habló sobre los dulces y ponches, sobre la llegada de Santa, los colores del papel de los regalos, le habló sobre la emoción de los niños al encontrar los regalos al pie del árbol. Emocionado le narró cómo la noche de navidad fue colocado el niño Jesús en el pesebre y el maravilloso mensaje de amor y salvación que el Divino niño traía con él.

El Cascanueces le contó al angelito cómo el día de año nuevo todas las familias, amigos y desconocidos en todo el planeta se habían abrazado amorosamente, deseándose un feliz año.

Tan entusiasmado estaba el Cascanueces que  hasta le explicó al detalle cuáles y cuántos dulces dejaron los Reyes Magos colgados del árbol el día de Reyes.

Absorto en su relato, como estaba el Cascanueces, no se percató que el pequeño ángel de cristal se había quedado profundamente dormido, rodeado de pequeñas esferitas de cristal, que eran todas las lágrimas que había derramado. Entonces el cascanueces en silencio volvió a su cajita de papel celofán, esperando ansioso la mañana siguiente para continuar conversando de la navidad con el angelito de cristal. Tendría todo un año para hacerlo.