Recuerdo que desde muy pequeño escuchaba tangos y milongas en la voz de mi padre. Por mi mente nunca pasó que, en el futuro, me tocaría emigrar a la Argentina, la tierra de esas canciones.
Venezuela es mi gran amor. La amo porque la conozco: pasé años de mi vida explorándola, estudiándola, recorriéndola. Me dediqué a probar los platos típicos de cada región, perseguí su artesanía, su música y arte popular. Tengo chinchorros wayuu, tallas de Tabay, tejidos de Tintorero, máscara de los Diablos de Yare, Canoabo, cestería guaquerí y un cuatro llanero.
Conocer las bellezas de Venezuela me hizo valorarla y amarla profundamente, ¡por eso me costó tanto dejarla atrás!

Emigrar a la Argentina fue una decisión difícil. Teníamos algunos países en una corta lista, y por tener familia y amigos por acá, decidimos finalmente venirnos, y tuve la dicha de poder venir con mi esposa e hija. Llegamos en un vuelo directo con unas seis maletas encima. Fuimos recibidos con cariño por familiares, no tuvimos que viajar en autobús un montón de días, hacer largas colas en la frontera, o congelarnos por tener que caminar en los páramos, ni dejar hijos atrás: fuimos de los pocos afortunados.
Nos trajimos algunos ahorros que pudimos juntar vendiendo nuestras cosas de toda la vida, un dinerito para arrancar.

Llegar y enfrentar el cambio

Llegamos a un apartamento que arrendamos junto a un familiar en Avellaneda, en la provincia de Buenos Aires. Al principio el sitio nos impactó muchísimo: la subida a los departamentos tenía las paredes sucias y rotas, todo era antiquísimo, olía a humedad y moho.
Mi esposa lloraba porque sentía que habíamos traído a nuestra hija a un lugar peor. En nuestro cuarto, con paredes mal pintadas y ventanas viejas, solo estaban nuestras maletas y el vacío de estar lejos de lo conocido, de la calidez de nuestra familia y de la tierra que nos vio crecer.
El primer día llenamos el colchón inflable para poder descansar. Era un colchón grande donde dormíamos los tres, pero más de una vez terminamos durmiendo en el piso porque se espichaba a mitad de la noche.
Llegamos en pleno verano. Recuerdo que las gotas de sudor y los mosquitos eran nuestros compañeros de cama. No teníamos ni un ventilador. Nos bañábamos a cada rato para paliar no sólo el calor, sino también la implacable humedad.
Mientras rezaba un Padre Nuestro interrumpido por el zumbido de un mosquito, agradecía que habíamos podido salir de Venezuela.
Llegué un lunes a Buenos Aires y para el martes ya tenía trabajo, esto gracias a una gran amiga, quien, apenas se enteró de que venía, movió sus teclas para que pudiera ingresar a la empresa. Bromeando, la llamo la “Oskar Shindler” de los venezolanos en Buenos Aires, porque ha ayudado a un montón de compatriotas a conseguir trabajo. Ella lo hace en silencio y sin esperar reconocimiento.
Ingresé a un trabajo “entry level”, empezando de nivel más bajo. Me dolió pensar que a pesar de mi experiencia y preparación, tenía que comenzar en el escalafón inferior, sobre todo porque tenía años siendo “el jefe”, y manejando negocios propios. Aun así, sólo podía agradecer el gesto solidario de mi adorada amiga.

Nueva dinámica de vida

Recuerdo que uno de mis grandes temores al llegar a la ciudad era el tener que usar el transporte público. Tuve auto propio desde muy joven y poco tuve que subirme a un autobús mientras viví en mi país. Tenía temor de perderme en una ciudad a la que solo había venido una vez por vacaciones.
Me angustiaba tomar el subte (metro) equivocado, o el colectivo (autobús) en dirección al norte, cuando tenía que ir al sur. Si no fuera por Google Maps, y la buena voluntad de las personas, seguramente estaría perdido todavía en algún barrio de la ciudad.

Sacando fuerzas para seguir

Y así empezamos una nueva historia, un día a la vez. En ese tiempo tuve que convertirme en un coach motivacional improvisado para mi esposa, quien estaba emocionalmente afectada. Le daba discursos con frases de libros de desarrollo personal que a veces ni yo mismo me creía.
Tenía que ser fuerte para mi familia, tenía que hacerlos sentir que todo estaba bajo control, y que con el pasar de los días todo iba a mejorar. Tenía que sonreír cuando mis papás llamaban para que no se preocuparan por mí. La verdad, es que la incertidumbre y el fantasma del miedo me aterrorizaban cuando todos dormían; aún así, buscaba lo bueno del día y agradecía.
No ha sido fácil, mentiría si dijera lo contrario, pero tampoco ha sido imposible. He tomado la actitud de maravillarme con las cosas buenas que me pasan todos los días: veo los árboles, la gente tomando mate en las plazas, los coloridos parques, me quedo boquiabierto con la hermosa arquitectura de la ciudad. Disfruté el otoño y el invierno, Incluso pasando frío y engripado agradecí la experiencia.
Sin embargo, lo que más agradezco es la gente que he conocido. En la distancia, tus amigos se convierten en familia. He tenido la dicha de recibir gestos de amor y solidaridad desinteresada de muchas personas. Los venezolanos siempre hemos sido solidarios, pero en los momentos más difíciles nos crecemos, aún cuando cada quien lucha su batalla personal.
Por otra parte, mi familia y yo recibimos hermosos gestos de solidaridad y apoyo de los argentinos. Ellos saben de dónde venimos y por todo lo que hemos pasado, a nosotros nos han tratado muy bien. Son personas muy educadas y atentas.
Cuando me vine, decidí quemar las naves que podían tentarme a querer devolverme. En Venezuela dejé parte del alma desgarrada, pero acá tengo que avanzar, sin rendición alguna.

Emigrar es de valientes

Así es, un acto de inmensa valentía. Hay que esforzarse desde el primer día, aun y cuando las lágrimas de la nostalgia no hayan empezado a secarse. Hay que desarraigarse apresuradamente de toda una vida. Hay que dejar atrás lo que fuimos, para renacer en un lugar extraño.
Pocos salen de su hogar queriendo hacerlo. Tenemos esperanzas truncadas de volver atrás. Nos convertimos en nómadas eternos desde el momento en que pisamos las arenas movedizas del exilio.
“Pa’lante brincan los sapos, aunque le pinchen los ojos” decía un gran amigo. En este aprendizaje forzado solo nos toca seguir caminando hacia adelante. Limpiarnos los raspones de las rodillas y seguir andando, agradeciendo las caídas y los golpes. Hay que entender que hay días buenos y otros no tan buenos, pero que siempre sale el sol (hasta en invierno).
Hay que buscar los colores en las escalas de grises, o, mejor aún, entender que el gris también es un color y aprender a quererlo. No hay de otra, porque la única manera de asegurar el fracaso, es rendirse. Si te cansas, descansa, pero sigue. “Para atrás ni para coger impulso”, repite siempre mi madre. Y si ella lo dice, es porque así es.

La nueva vida tiene su magia

Hoy camino por las calles de Buenos Aires y puedo reconocer las melodías de los tangos más famosos. Sin saberlo, mi padre me impregnó de esas letras y melodías. Y así me permito encontrarme con Volver, de Carlos Gardel, que dice algo así:

“Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.
Tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos
encadenan mi soñar.

Pero el viajero que huye
tarde o temprano detiene su andar,
y aunque el olvido, que todo destruye,
haya matado mi vieja ilusión,
guardo escondida una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazón.

Volver con la frente marchita,
las nieves del tiempo platearon mi sien.
Sentir que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada
que febril la mirada, errante en las sombras,
te busca y te nombra.
Vivir con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.