Si usted es devuelto a su país de origen corre el riesgo de:

A partir de allí catorce circulitos, expresados en tres idiomas, encerraban posibles peligros que podría correr en su tierra el ciudadano extranjero, en caso de ser repatriado por las autoridades españolas; siete de los catorce riesgos, que justifican la no repatriación de un individuo y su familia, ajustaban como guante quirúrgico a la rutina del venezolano en Venezuela. Así, escrito en varios idiomas, me topé de frente y sin eufemismos con el adjetivo –refugiado-, adjetivo que califica el devenir de los días del inmigrante venezolano. De esos siete peligros por los cuales los extranjeros en España no pueden ser de devueltos a su país, uno resumía nuestra entera situación:

«En su país de origen no se respetan sus derechos».

– ¡Ninguno! Le respondí al cartel en voz alta, sin darme cuenta que tenía a mi hija, María Jesús, aferrada de mi mano, y yo aferrado a la de ella, en las oficinas de la CEAR (Comisión Española para la ayuda al Refugiado) en Málaga.

– ¿Ninguno qué, Tato? Preguntó mi hija mirándome con sus ojos morenos abiertos de par par -nada hija, nada, vamos a ver qué nos dicen aquí.

– ¿Nos tenemos que devolver a Venezuela? Preguntó nuevamente mi hija con su abismal candidez salpicada de infantiles temores.

– No hija, no nos tenemos que devolver a Venezuela.

La funcionaria de CEAR nos abordó sonriente para distender el momento saludando con una radial sonrisa – ¿qué hay familia? ¿Cuándo han llegado? –

Luego de estrechar las manos de los tres miembros de nuestro mínimo núcleo familiar nos informó pacientemente del proceso para la permanencia en España, la escolaridad de María Jesús, nos habló sobre la gran cantidad de venezolanos que han solicitado refugio en los dos últimos años y nos habló del tiempo para obtener el permiso de trabajo, -ocho meses se puede tardar el que ustedes obtengan el cartón rojo que les permite trabajar legalmente en España, ¿pensáis quedaros? – Preguntó para rematar su exposición.

¿Ocho meses? Pensé rumiando matemáticas básicas dentro de mi cerebro, -no tenemos ahorros para sobrevivir ocho meses en España, fue la respuesta automática cerebral a mis atormentados cálculos. A partir de allí, de esas dos palabras «ocho meses», el español castizo de la amable interlocutora se me hizo incomprensible.

Finalizó la entrevista anotando nuestros nombres en una agenda para otra reunión informativa en poco más de un mes, antes de despedirnos nos preguntó si teníamos lugar donde dormir y comida -estamos en casa de un familiar, respondimos casi en coro los tres- ella nos miró aliviada.

– ¿Nos tenemos que devolver a Venezuela? – Insistió María Jesús al salir del edificio con más dudas que cuando entramos.

–  No hija, no nos tenemos que devolver a Venezuela, vos preocúpate por el colegio, que tus padres se preocuparan de lo demás- le respondí- sintiendo sobre mis hombros la enorme carga de habernos enterado a través de un cartel que, sin más, los tres nos habíamos convertido en refugiados.