Mi madre me inculcó el amor a la Virgen de Chiquinquirá. A pesar de que poco viví en el Zulia, donde quiera que estábamos siempre había alguna referencia de la patrona, la Chinita.

Las gaitas fueron cosa común en casa gracias a mi padre, quien no sólo las escucha en diciembre, sino todo el año como debe ser. Y esas letras llenas de devoción y amor, en las gaitas a la Virgen, se quedan siempre con uno, y para donde uno va se las lleva.

Ahora como inmigrante venezolano en Buenos Aires, Argentina, no imaginé poder celebrar a la Chinita como en casa. Sin embargo, la solidaridad de los argentinos y la movida comunidad venezolana en el país lo hizo posible. Por supuesto, tenía que asistir.

La Chinita en Buenos Aires

Llegamos a la parroquia Caacupé en Caballito, es una iglesia imponente y hermosa. La comunidad venezolana en Argentina, con el beneplácito del sacerdote, se ha encargado de traer no sólo a la Chinita, también celebraron a la Virgen del Valle. La parroquia se ha convertido en un punto de encuentro.

Entramos y sentimos la emoción del lugar. Estaba repleto de gente, unos vestidos con las camisas y gorras de las Águilas del Zulia, el equipo de béisbol de la región. El coro tocaba los himnos eclesiásticos al son de la gaita. 

Inmediatamente me transporté al Zulia, a los amaneceres gaiteros y la bajada de la Virgen en la Basílica (*). 

Y nada más real que el sentimiento que allí se manifestaba, cuando retumban las paredes del templo al son de la gaita zuliana. Hay un ambiente especial en esos lugares donde se concentra la gente, en búsqueda de esperanza, de fraternidad, de paz. 

La esperanza presente

Mientras escuchaba la misa, me percaté de un muchacho que tenía un buen tiempo arrodillado a mi izquierda. Era un repartidor de encomiendas, un trabajo que hacen muchos venezolanos acá. Rezaba fervientemente, quizá pidiendo mejorar su situación económica, o poder surgir y poder traerse a su familia de Venezuela. Sentí su desesperación porque la he sentido muchas veces. 

Todos orábamos por lo mismo, avanzar y prosperar. Estar en paz.

El ambiente era festivo pero nostálgico. Pensaba en lo maravilloso que es estar a más de 5000 kilómetros del Zulia y estar celebrando nuestras tradiciones y creencias y en la cantidad de personas que lo celebraban junto a mí. 

Orgullosos de nuestra identidad

Lo más precioso es poder llevar, a donde quiera estemos, nuestra identidad: lo que nos hizo quienes somos. Más hermoso aún es poder compartirlo con aquellas personas que nos abren los brazos. Entre el público se escuchaban argentinos preguntándolo todo, y venezolanos explicando y contando con orgullo. 

Nunca dejemos de contar lo que somos. Si nosotros no le damos el valor a lo nuestro, nadie más lo va hacer. 

Venezuela está en cada venezolano de bien. Vive presente en nuestros recuerdos y tradiciones. Pero solo seguirá viviendo si transmitimos ese amor de generación en generación. Hay que contarles a nuestros niños, como si fueran cuentos de hadas. Quizá muchos de ellos se queden aquí viviendo, y deben saber de dónde vienen, para en el futuro saber quiénes son. 

Amaia, mi hija de 6 años salió del evento preguntándome sobre la historia de la virgen. Con un orgullo que no me cabía en el alma le hablé sobre el Zulia, sobre el puente, y por supuesto, sobre la virgen de Chiquinquirá. Le terminé el cuento con la gaita Virgen de Chiquinquirá de Ricardo Aguirre.

Le hice una promesa acuciante a la Virgen. Le pedí por todos. Le pedí por las personas que luchamos por surgir. Con fe real, ignota pero decidida me pongo en sus manos. Y a lo lejos me reconforta el sonido del cuatro, la tambora y la charrasca, y el ritmo del 6/8 zuliano. 

¡Qué viva la chinita! 
A continuación os dejamos un enlace al nuevo canal de Las Cosas Buenas nuestro colaborador en Buenos Aires, Argentina, Luis Villasmil, quien nos trae el sentir profundo de los venezolanos en Buenos Aires, unidos y celebrando la bajada de la Chinita con el fervor más profundo, el cual traspasa una simple creencia religiosa, es más bien, como él mismo nos narra, parte de nuestra identidad, del amor, de aquello que somos: “Venezolanos”