Caminé tres horas buscando un cupo para el colegio de María Jesús, los axiomas del ingeniero Murphy, como es usual, se cumplen con sus aleatorias certezas. De los posibles colegios, los dos cercanos, no tienen cupo para el cuarto grado, sólo quedaba un cupo en una escuela, que según Google Maps, estaba a sólo veintisiete minutos caminando, pues la aplicación no considera la pendiente que hay que remontar para llegar hasta el instituto, bien me lo había advertido el director de la segunda escuela que visité:

– ¿Va a ir usted andando?

– No tengo de otra, le respondí apenas empezando a sudar.

– Pues va a tener que vencer una cuesta “de los cojones” (1). Al llegar, continuó hablando con cara de incredulidad sobre si lograría subir hasta allá arriba, pregunte usted por Paco, él es el director de ese colegio, lo va a estar esperando.

Al salir de la Dirección escribí el nombre del colegio en el teléfono y el GPS de Google Maps que mintió olímpicamente sobre el tiempo de llegada a destino: veintisiete minutos; gire a la derecha y siga por la avenida 2.7 kilómetros, me ordenó la mujer que da las confusas instrucciones desde el aparato pseudo-inteligente. Antes de emprender la caminata me calé (soportar/aguantarse) unos audífonos que me robé, a lo mejor, del avión de Iberia, para escuchar música durante el trayecto. La primera canción que sonó en suerte fue una de Sting, esa del hombre inglés en Nueva York, pieza en la que el coro repite y repite, echándoselas (alardeando) de inmigrante legal caminando por la Quinta Avenida. Junto con las indicaciones de distancias y dirección, la canción sonaba en el aparato cantada por Sting y yo la reproducía dentro de mi cerebro con la versión de King Chango, y con esa música incidental empecé a “echarle bolas” (2) a la bautizada “cuesta de los cojones”(1), cuesta que se empina abruptamente en tres ocasiones; hice el recorrido sintiéndome todo un inmigrante ilegal en Benalmádena.

Perdí el aliento tres veces, pero no me detuve. Cuando casi, casi me convencía de hacer un alto y perder minutos valiosos para llegar, al lado izquierdo apareció una casa que me motivó a continuar con un impulso mágico sin parar, hasta llegar al portón de tubos pintados de verde, enrejado del colegio, que en un cartel anunciaba que había llegado 10 minutos tarde para ser atendido; aun así apreté esperanzado el botón de la campana que anuncia al visitante en la entrada, el portón respondió con el sonido electromagnético con el que se desbloquean las puertas de edificios y oficinas para franquear la entrada, de hecho me estaban esperando. Al escuchar el sonido de la puerta que se abría, respiré agradecido con la Providencia Divina pues, la noche anterior antes de dormirse, mi hija me había preguntado si algún día volvería al colegio, a tener amigos o a tener una casa; para contestarle tuve que hacer una compilación de mis últimas reservas de escasa testosterona para no llorar y respondí, convencido de lo que decía a mí muchachita de nueve años: ¡Claro que sí María Jesús!,  por supuesto vamos a lograr todo lo que nos proponemos lograr, como siempre pasa con la ayuda de Dios que no nos trajo hasta aquí “pa’ dejarnos botaos” (3), -¿y mi propio cuarto? preguntó cómo puntilla sentimental a mis lágrimas blanditas y desesperadas por salir de mis lagrimales de hombre de la tercera edad, -¡qué digo tu propio cuarto!, una habitación hermosa con decoraciones en lila y turquesa en la que podrás jugar y dormir, eso y más vas tener bien pronto.

Luego, entré empapado en sudor hasta la pretina de los pantalones en el colegio Miguel Hernández, la franela que usaba estaba transparente y pegada a mi espalda y supuse que la expresión agotada de mi rostro no era la mejor para la entrevista formal que sucedería en unos minutos. Llegar al colegio me tomo una hora y cuarenta minutos de marcha forzada, en un ascenso de noventa y ocho metros en un poco más de tres kilómetros, quien haya escalado alguna vez sabe lo que eso significa.  

Quisiera escribir sobre la impecable, casi que inmaculada pulcritud del edificio completo, pero me “arrecharía” (4) en forma transitar por odiosas comparaciones que para la fecha caen en el campo de la necedad absoluta. Paco, el director que así me pidió que lo tratara, sin más cortesía que la contracción de su nombre, de inmediato, con la misma amabilidad con la que me recibió al ver mi aspecto poco presentable, me ofreció un baño donde lavarme la cara y usar papel secante; el aseo, que así rotulan por aquí a los baños, contaba con jabón y papel suficiente para asear a una cuadrilla completa de papás sudados. Al lavarme y secarme la cara recupere la compostura que me hacía falta para el momento. La entrevista fue breve, los recaudos son mínimos; el colegio está lejos, el trayecto es dificilísimo, no pasa transporte público, pero mi familia no tiene de otra que afrontar la “cuesta de los cojones”(1) que tenemos por delante, en un país que con sus regulaciones y leyes que cumplir nos ha abierto los brazos con una sonrisa amable y de esperanza, que se refleja en el trato cortés de las personas con las que hemos interactuado estas dos semanas que tenemos en España.

Al salir del edificio con las planillas que completar para el lunes, miré descender la “cuesta de los cojones” (1) y antes de comenzar a caminar cerré el Google Maps, y desconecte la música, pero dentro de mi cabeza Blanquito Man (creador de King Chango) seguiría por un rato recordando mi condición de inmigrante ilegal.

Para sacarlo de mi cabeza llame a mi hija emocionado, – ¡Hija ya tienes colegio, el martes empiezas! Ella me respondió inocente y feliz: ¡Gracias Tato te amo tanto!

(1)  Expresión utilizada en España para decir que algo es muy fuerte de afrontar o molesto.

(2)  Expresión utilizada en Venezuela que significa emprender algo.

(3)  Expresión venezolana para significar abandonar.

(4)  El verbo “arrecharse” se usa en Venezuela con la connotación de disgustarse.

…continuará.