No tengo muchas cosas y de las pocas que tengo son mucho menos las que atesoro, elaborar este concepto me tomó 50 años. Dentro de ese grupo de objetos que aprecio esta mi máquina de hacer café, que es mía, aunque prepara café para todos en la casa. Esta es la segunda máquina que he tenido en toda mi vida, aunque me gusta pensar que es la misma que siempre tuve,  para así ahorrarme engorrosas explicaciones de cosas que conversé con su antecesora italiana, esta es gringa aunque tenga un tatuaje en la frente, del que presume, con la palabra–Expresso– .

Cuando puedo preparar un café en solitario, casi nunca,  entablo largas discusiones con la máquina de hacer café, artefacto que sesudamente me deja hablar largo de lo que pienso y siento pero, sobre todo, le cuento lo que me hace arrechar y me saca la piedra, razón por la cual  una madrugada a eso de las 5:30 am mientras colaba el primer oloroso café de ese día me dijo:

  • Si vos fueras un personaje de Los Picapiedras seguro serías el “Señor Roca Baja” por lo bajito que tenéis  la piedra-

En esa ocasión me abstuve de responder limitándome a disfrutar del café y del fino sarcasmo del cafetero adminículo. Mi silencio ante las sarcásticas salidas de la máquina en las primeras horas del día, en la solitaria cocina, no resultan la norma de nuestras divagaciones, como la que entablamos una vez en la que por casualidad le comente que casi toda la gente, por no decir toda la gente, que alguna vez conocí se había ido del país y que pensándolo seriamente hasta yo estaba considerando marcar la milla, como solían decir los extintos hípicos nacionales, y de esta manera abandonar finalmente este bastión del optimismo en el que me había convertido. Sorbiendo de una taza verde que desdeñosamente colocada sobre un platito blanco me aventure  a comentarle:

  • Vos sabéis que estoy pensando en serio irme del país.

Encendiendo la luz verde que indica que está lista para preparar una nueva taza de la arábiga infusión me respondió preguntando:

  • ¿Y eso por qué?
  • Vi un muerto,  le dije.
  • Eso no es nuevo lleváis  la vida viendo muertos, es más esta casa está llena de muertos que te acompañan y te cuentan sus cuentos.
  • No chica, no un muerto de’sos, un muerto, muerto, muerto de verdad. Un señor tirado en una acera, muerto de un balazo.

Sucediere entonces  un silencio raro escondido tras un largo sorbo de café. Vapores de agua dejó escapar la máquina por la boquilla de espumar la leche para romper el incómodo rato.

  • ¿Y los otros muertos son de mentira?
  • No, respondí.
  • ¿Si te vais del país me vais a llevar? Preguntó intrigada insistiendo en el tema de la forzada y voluntaria expatriación.

Tardé en responder, ¿Qué llevar, qué dejar? Aprender nuevas calles, nuevas rutas, otras costumbres, otros cielos, otros silencios, otras madrugadas, tus muertos, los reales, los imaginarios, la querencia aprendida y la querencia impregnada en el ADN.

  • ¿Qué llevarse? Pensé  en voz alta.
  • ¿Me quedó bueno el café? Dijo la máquina sacándome de mis cavilaciones de pre-exilio.
  • Si, está bueno; tengo que salir, hablamos luego.

Lave la taza verde frenéticamente con innecesaria escrupulosidad, de igual manera hice con el platito blanco para colocarlos en el escurridor. Sacudí ambas manos sobre el lavaplatos dispuesto a salir de la cocina, seque la humedad restante de mis manos con la parte interna de los bolsillos traseros del pantalón. Antes que pudiera retirarme la máquina volvió a interrogarme.

  • ¿Si te vais del país me vais a llevar?

Di vuelta sobre mis talones para responderle debido a su insistencia y preocupación en su  inmediato futuro.

  • Lo más probable es que te venda, pesáis mucho como pa’ andar cargando con vos y todos tus componentes por quién sabe cuántos aeropuertos del mundo.

La respuesta no pareció gustarle, aun así regodeándome en el sentimiento del desprendimiento rematé la idea;

  • Tendría que venderte pues de ser el caso voy a necesitar todos los fondos de los que pueda hacer acopio.
  • A pesar de tantos cafés que te he preparado, me vais a dejar. Me dijo apagando todas sus luces.

Para su tranquilidad la consolé antes de salir para continuar con mi jornada.

  • No te preocupéis donde quiera que vaya lo más seguro es que, en cuanto mi economía me lo permita, compraré otra máquina de -Expresso-  de cualquier nacionalidad y en ella reencarne o “reenmaquine” tú espíritu.
  • Es bueno saberlo, comentó descargando aliviada el vapor  que le presionaba las metálicas entrañas.
  • Además vos sabéis que no me gusta tomar café solo, rematé antes de salir, para consuelo de la máquina.

De verdad son pocos los objetos  que atesoro, pero esta máquina de hacer café debido a su profunda inteligencia merece todo mi aprecio.