Jose_Alberto_Callejo
José Alberto Callejo Silva  NCR-Julio-2019

Pasé mi primer y mejor verano  en Málaga, fue en agosto de 1982, tenía 19 años y veníamos de visitar a la familia de mi abuelo paterno en Santander (en mi caso, de conocerlos), antes de pasar por Santander, habíamos vivido una fiesta eterna de 2 días en Florencia; nos tocó estar en esa ciudad el día que la selección Italiana había ganado el mundial de España 82, jugando contra Alemania, pero eso… eso es otra historia.

Ese verano fue uno de los mejores de mi vida, lo recuerdo con especial cariño, pues visitaba por primera vez la tierra de mis antepasados, en un viaje de 45 días. Hubo tiempo para conocer casi toda Andalucía, una buena parte de Santander y también de Castilla la Mancha.

El Atardecer

En mi mente guardo como un tesoro muchas imágenes de aquel viaje, pero la que se fijó con más fuerza fue la de un atardecer, regresando de Córdoba pasadas las 22 horas. Los campos recién arados parecían dorados, el contraste de los claro-oscuros en tonos amarillos que se apreciaban en todo el horizonte eran tan intensos que los montes, los llanos y la carretera tenían una perspectiva casi infinita. El paisaje parecía como un desierto egipcio.

Quería frenar para poder apreciarlo hasta que cayera el sol en su totalidad. Mis padres y sus amigos, que venían en un vehículo delante de nosotros, bajaron la velocidad y pararon un momento en una acera muy ancha pocos metros más adelante, parecía que hubieran adivinado mis pensamientos.

Habíamos pasado un día infernal en la preciosa ciudad de Córdoba, con una temperatura máxima de 48 Grados a la sombra, al parecer ese calor tan intenso y el sol tan brillante había provocado que pudiéramos observar ese espectáculo de la naturaleza.

Para nosotros, los mexicanos, que estamos acostumbrados a que oscurezca a las 19 horas, y por lo general en tonos azules y rosas y rojos, aquello era realmente sorprendente. El paisaje pasó de tener todos los tonos de amarillo y negro posibles, a vestirse de tonos dignos del otoño: amarillos, naranjas y rojos, igualmente acompañados de sus oscuras sombras.

El cielo apenas mostraba un atisbo de azul, al final del lado contrario al sol, que parecía más bien blanco. De pronto, mi hermana Mary Carmen, a la que siempre he estado muy unido, me abrazó por la espalda, estaba realmente emocionada. Nuestros padres estaban pocos metros más adelante, comentado con los malagueños lo impresionante del paisaje. Yo me preguntaba: ¿Por qué no se detiene los coches a ver esa maravilla?, la respuesta sería fácil, estaban acostumbrados a ver aquello o paisajes similares, cada verano.

Regreso a Málaga

Cuando cayó el sol, 5 minutos más tarde, subimos a los coches y continuamos nuestro regreso a Málaga. Había silencio, parecía que todos estuviéramos aún disfrutando aquello que nos había dejado sin habla. La mayoría de los que venían en mi coche se durmieron, sólo mi primo Martín, que venía de copiloto, se quedó despierto, pero apenas hablaba. Ni siquiera pusimos la radio. Ese silencio fue mágico.

Aquello aún perdura en mi mente, y cada vez que he visitado Córdoba en tiempos de calor, cuando vuelvo de regreso a Málaga, busco ese paisaje que alguna vez pude disfrutar; veo algunos similares, otros diferentes, pero nunca uno tan bonito como el de aquel verano del 82.

¡Les deseo un extraordinario verano!