Los que venimos de las zonas intertropicales no entendemos de medias tintas en temas climáticos, pero tampoco sabemos de la rigidez y certidumbre que nos brinda un buen pronóstico del tiempo. Eso nos ha tocado aprenderlo también en tierras españolas. Pero ¿Qué significa la llegada de la primavera para los noveles?

En Venezuela nos han acostumbrado a conocer dos estaciones, lluvia y sequía, y los cambios de clima obedecen fundamentalmente a vaivenes topográficos. Si queremos un frío moderado nos vamos a Cubiro, en Lara, o subimos a Galipán, en el Ávila, si queremos congelarnos nos mudamos al páramo, sea merideño, trujillano o tachirense. Si lo nuestro es el calor no queda otra que bajar hasta las playas del Caribe, desde Chiriviche hasta Mochima, recorriendo el litoral central o las maravillosas playas del Oriente, incluso cruzando hasta la Isla de Margarita. Podemos disfrutar también del calor de los llanos o de las selvas tropicales, porque finalmente el clima depende de nuestro lugar en el mapa, y las variaciones de temperatura que conocemos, sobre el mismo terreno, son reducidas. Claro, entre diciembre y enero sabemos que disfrutaremos de algunos días un poco más frescos, que a lo sumo nos llevarán a sacar esa chaqueta delgada o sweater que teníamos en el closet desde hace casi un año, pero no mucho más.

Para nosotros el clima es un tema de “piso térmico”, nos vamos de un clima a otro, el clima no viene a nosotros, no es así para los españoles. Toca entonces cruzar el charco y sumergirnos en aquellos lugares del planeta donde los lugareños han sido programados históricamente para la vida en cuatro estaciones. Esto tiene implicaciones poderosas, que van desde lo que se come, de la manera en que nos vestimos, hasta la manera en que organizamos el tiempo día a día, incluso ha tenido implicaciones en la cultura del trabajo y del ahorro.

De la capital española he llegado a escuchar que también tiene su clima dividido en dos, “invierno e infierno”, habrán escuchado alguna vez, lo que nos habla de lo breves y fatuas que pueden llegar a ser tanto el otoño como la primavera.., que así como llegan, ya se han ido.

Primero vamos a lo que no extrañaremos. Nos costó aguantar el golpe de la llegada del invierno. Conocer el nórdico para la cama, saber administrar la calefacción para no acabar con nuestras finanzas en el frío. Descubrir cuántas capas de ropa podemos llevar encima, así como saber cuándo ir soltando capas al entrar en un local con calefacción, y cómo volver a revestirnos. De pronto nos vemos a finales de febrero cubiertos de tela…, hasta que el sol vuelve a salir.

Del 20 al 21 de marzo ocurre el equinoccio de primavera, el sol se ubica verticalmente sobre nuestras cabezas, mientras la noche y el día casi igualan su duración. Pero desde hace tiempo esta fecha ha devenido en simbólico hito del inicio de la primavera.

Hay trazos de la vieja ruralidad que nos empiezan a mostrar el cambio. Aquel árbol que creíamos muerto frente a nuestra ventana empieza a florear, los cantos de unos pájaros nos sorprenden una mañana.

Pero no solo los troncos yermos florecen, sino que la ciudad dormida empieza a despertar. La faz de Madrid empieza a cambiar, en la medida que la ropa se hace más ligera pasa lo mismo con la actitud del madrileño, viejo y nuevo. Reaparecen las terrazas que se habían vaciado meses antes, desaparecen las ventas callejeras de castañas y mazorcas mientras que se vuelven a abrir las heladerías.

Muchos negocios que mantenían su actividad dentro del establecimiento sacan mesas y sillones a la vía, llenan las aceras ofreciéndole al peatón oportunidad de disfrutar una caña al mismo tiempo que se reconcilia con el sol. Los que venimos de tierras tropicales aún no lo entendemos del todo, los rayos del sol de la temprana primavera aún nos parecen tímidos, mientras que los vientos que siguen surcando Madrid, sobre todo en las cercanías del Manzanares, nos hacen entumecer.., cuestión de acostumbrarse.

El retorno de la vida en los bulevares, de la gente disfrutando de la calle, el incremento del número de turistas en Madrid, nos habla también de oportunidades para más trabajos temporales, que se incrementarán significativamente en verano. Porque la primavera también trae un aumento del consumo en ocio, en actividades públicas. En invierno nos recogíamos temprano en nuestros hogares, bajo los nórdicos y con la calefacción. La piel empieza a recibir luz del sol en primavera, terrazas y bulevares son espacio privilegiado para ese disfrute, aunque aún con la americana a la mano.

Las rutas madrileñas se reactivan, así ocurre también con los restaurantes que ofrecen comida venezolana. Desde el Madrid de los Austrias, girando alrededor de Sol y de la Plaza Mayor, paseando por estrechos callejones que nos llevan hasta Ópera y Callao, degustando tapas en el mercado de San Miguel, cerca podemos encontrar un “Arepa Olé”. Pasando la Gran Vía hacia el norte, dando tumbos entre las calles Fuencarral y Hortaleza, nos podemos sumergir en Malasaña y Chueca, pasando por la Plaza San Ildefonso y el Mercado de San Antón. Pero si nos dirigimos al sur podemos recorrer La Latina y Lavapies, entre calle y calle podemos ver “Jojoto Arepa Bar”. Saliendo del casco histórico nos encontramos al este con los paseos de Recoletos y del Prado, ahora nuevamente llenos de gente, recorriendo desde Colón, las fuentes de Cibeles, Neptuno, la tríada de los grandes museos. Más al norte nos encontramos con Salamanca, cerca de Bilbao se puede comer algo en “Apartaco”.

También se llenan los parques de gente. Entre El Retiro y la Casa de Campo los madrileños, viejos  y nuevos vuelven a practicar deportes al aire libre, a pasear con las mascotas, o a caminar para disfrutar de las flores y colores de la estación. Durante el invierno la actividad física, la que sobrevivía al frío, tendía a refugiarse en los cálidos y cerrados gimnasios, en primavera también sale a la calle, a llenar avenidas y parques.

Ya no hay que hacer una cola inmensa para comer chocolates con churros ya que la gente los cambia por una caña. Porque también la llegada de la primavera nos cambia el menú. Los venezolanos tenemos comidas vinculadas a festividades específicas, muchas religiosas, como el pescado en Semana Santa, o nuestro menú navideño, con hallacas, pernil y pan de jamón. Pero más allá, como corresponde a un clima estable el menú también tiende a serlo, variando de región en región, pero no tanto de fecha en fecha.

En cambio en los climas templados con cuatro estaciones el menú varía significativamente. Aparecen frutas de estación, como los nísperos y las cerezas. En abril reaparecen el albaricoque y la nectarina, aunque llenarán los anaqueles en mayo. Las manzanas y las peras se hacen más caras y escasas, mientras volvemos a ver al melocotón y a la ciruela.

Uno entiende acá el sentido de la ropa de temporada, de los remates y de los descuentos, así como un cambio en la paleta de colores de la ciudad, eso empieza con la natura y termina en la cultura, pasamos de una urbe gris, blanca y negra a una policromía que nos anuncia tímidamente lo que en el verano explotará. Descuentos especiales en las tiendas de ropa implican el remate del stock de invierno, para liberar espacio para la llegada de ropa más ligera que anuncia la inminencia del verano.

Pero no podemos llamarnos a engaño. Como muchas películas esperadas, la primavera tiene recurrentes trailers. Despertamos una mañana con un sol esplendoroso calentando el ambiente, decidimos dejar en casa el abrigo y salir ligeros de equipaje y de ropas…, horas más tarde un viento helado y una nube nos recuerda que el invierno no se ha terminado de ir. No en vano repiten acá aquello de “hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo”, porque las lluvias y los aires fríos de primavera nos recuerdan que esta estación apenas está formada por vertiginosas semanas que separan el congelado invierno del sol abrasador del verano, pero no termina de ser una cosa ni la otra.., y eso atormenta a nuestros tropicales cuerpos…

Y con eso hemos de referirnos a otro de los acompañantes del cambio de invierno a primavera, el recurrente catarro. Efectivamente, tras mojarnos con las lluvias primaverales y ser sometidos a un sol picante, seguido de un viento helado, un estornudo nos anuncia que pronto la cama nos reclamará un par de días. Los catarros aumentan no solo por el cambio errático de las temperaturas, sino por las alergias derivadas del acompañante de las coloridas flores, el polen que empieza a llenar el aire. Primavera es la temporada de las alergias.

Tampoco debemos obviar un detalle que será cada día más importante. Nuestra acción sobre los ciclos de la naturaleza ha logrado contribuir significativamente a cambiarlos. Por algo estamos empezando a hablar de un Antropoceno, un período de la historia del planeta marcado por la acción humana. El cambio climático implica la recurrencia de los climas extremos, ¿qué significa esto? Que primavera y otoño serán cada vez más unas cortas estaciones de transición entre unos inviernos cada vez más largos y gélidos, y unos veranos dilatados e infernales.

La primavera no durará para siempre.., sal a la calle.