Vivo con mi familia en Bogotá desde 2015, ciudad a la cual vinimos al haber sido contratado por una compañía petrolera privada. Desde entonces hacemos vida en esta agradable y bella ciudad. Nuestra experiencia ha sido muy similar a la vivida por mis colegas en el ámbito energético petrolero en los últimos 5 años. Entre los connacionales que he conocido, destaca el colega ingeniero Carlos Martínez (pseudónimo a solicitud de “Carlos”), pues su experiencia resume en buena medida la de casi todos los venezolanos del sector petrolero venidos a tierras neogranadinas en los últimos lustros. Reseñaré entonces en este artículo la historia de Carlos y su familia, a modo ilustrativo de lo que ha sido la experiencia de muchos de los profesionales pertenecientes a la “familia de expatriados petroleros venezolanos”.

Familia Martínez

El ingeniero Carlos Martínez llegó a Bogotá con su familia a principios del 2014 contratado por una empresa petrolera. Ese año, la comunidad de migrantes venezolanos en Colombia ya era bastante significativa, representada en buena medida por profesionales de diversas actividades: industriales, comerciantes, ingenieros, computistas y académicos, sólo por mencionar algunos de los más numerosos.

Durante los primeros meses de su arribo a Colombia, Carlos y su familia experimentaron sentimientos encontrados: por una parte, se sentían afortunados y bendecidos de haber salido del país en momentos en los que la situación se estaba deteriorando cada vez más, pero, por otro lado, los asaltaba un inexplicable y recurrente sentimiento de culpa, y hasta de traición, para con sus familiares y amigos que habían quedado en Venezuela.  Cada vez que iban al supermercado, o asistían a chequeos médicos rutinarios, o cuando simplemente disfrutaban de una tarde de cine. Noemí, la esposa de Carlos, incluso no pudo contener el llanto la primera vez que fueron a un automercado pues, según dijo luego de recuperarse de lo que posteriormente denominó “shock de carencia en retrospectiva”, el espectáculo de ver los anaqueles repletos de productos de diferente marcas y precios para un mismo rubro, le hizo recordar las interminables jornadas de días, meses y hasta años en los cuales conseguir los alimentos más básicos era toda una hazaña o simplemente imposible Al cabo de un año de vida en Bogotá, la familia Martínez se había adaptado a su nueva condición. Sus necesidades básicas estaban cubiertas, e incluso disponían de bastante holgura para ayudar a sus familiares y amigos en Venezuela, enviándoles remesas y medicinas regularmente.

A fines de 2016 y principios de 2017 la situación laboral comenzó a menoscabarse progresivamente. Los precios de los hidrocarburos en el mercado internacional continuaron su caída sostenida y la compañía que contrató a Carlos terminó despidiendo a buena parte de su staff técnico. De la noche a la mañana, Carlos se encontró con su familia en un país extranjero, desempleado y con una importante carga de pasivos. Sin nadie a quien recurrir, Carlos y su esposa tomaron una decisión: no regresar a Venezuela. Diseñaron un plan de emergencia financiera consistente en un drástico reajuste de los gastos, comenzaron renegociaciones de sus créditos y se mudaron a un barrio de un nivel social inferior. Los gastos médicos se redujeron a aquello que fuera insustituible o imposible de suspender.

Los envíos de remesas a Venezuela se hicieron más esporádicos, teniendo que cancelarlos indefinidamente a mediados de 2018. Sin embargo, el recorte más riesgoso fue tener que suspender tratamientos médicos (medicinas para la tensión arterial de Carlos, tratamientos odontológicos de 2 de sus hijas y chequeos de su esposa, quien tenía propensión a hipoglicemia).

El agudizamiento de la crisis humanitaria en Venezuela significó el inicio de una migración masiva de venezolanos a mediados de 2017. Colombia se convirtió en el destino final o en el puente para la mayoría de las masas migratorias que salían del país. Los Martínez comenzaron a recibir familiares y amigos que les solicitaron apoyo en la forma de hospedaje temporal en su proceso de asentamiento en tierras neogranadinas o en tránsito a otros países de la región. Los exiguos recursos financieros de los compatriotas migrantes y las limitaciones económicas de Carlos y Noemí, no fueron obstáculo para compartir solidariamente techo, comida y transporte local mientras duraba el tiempo de acogida temporal.

Mientras la situación anterior se había convertido en toda una constante durante 2018, Carlos y Noemí consiguieron reinsertarse en el mercado laboral. El primero, dando clases privadas ocasionales a estudiantes de ingeniería en asignaturas como matemáticas, física y química. Por su parte, Noemí (quien era licenciada en Recursos Humanos) logró ser contratada como recepcionista en un colegio privado en las afueras de Bogotá. La suma de los ingresos de ambos apenas alcanzaba para cubrir los gastos de vida y el pago del servicio sanitario obligatorio (EPS) pero significó un gran alivio el poder disponer de un ingreso mensual para los gastos de vida en Bogotá. Los Martínez daban gracias a Dios que estas providencias les permitían continuar haciendo vida digna en Colombia.

Pese al relativo reflotamiento de la familia Martínez, el sostenido y acelerado deterioro de la crisis venezolana seguía impactando con mayor intensidad a sus familiares y amigos, que seguían saliendo de Venezuela en las imparables oleadas migratorias.  ¿Cómo fue (y sigue siendo) el impacto en la vida del país neogranadino generado por estas oleadas de migrantes? ¿Cuál ha sido la reacción del ciudadano común colombiano frente a este fenómeno social proveniente del país vecino? ¿Qué ha ocurrido con los expatriados petroleros venezolanos en Colombia luego de la crisis de los precios de combustible fósil en el mercado internacional? En la segunda parte de este artículo daremos respuestas a estas preguntas y la continuación de la nueva vida de la familia Martínez en Colombia.