Cuando quise escribir sobre la primavera, esa estación de sueños y nostalgias donde todo florece, donde los colores se hacen irrepetibles, donde los enamorados aumentan la lívido, donde todo parece cambiante y mágico, vino otro pensamiento a mi cabeza, no tan evocador sino más bien estremecedor; el libro: La primavera silenciosa de Rachel Carson, escrito en 1962.

La bióloga marina y zoóloga estadounidense fue pionera en alertar a la humanidad sobre los problemas de contaminación y deterioro del planeta que poco a poco estábamos causando y que luego podría ser irreversible, como hoy ocurre, 60 años después, con el cambio climático.

En su momento, sólo pocos lúcidos atendieron a su llamado, entre ellos el  recién creado grupo ecologista Greenpeace (paz verde), el cual adoptó su escrito como un verdadero manual para la acción. Hoy la Primavera Silenciosa ha sido traducida a diversos idiomas y se sigue imprimiendo en todo el mundo.

¿Qué dice el libro?

Este libro adelantado a su tiempo aborda uno de los problemas más graves que produjo el siglo XX: la contaminación que sufre la Tierra. Carson denunció los efectos nocivos que para la naturaleza tenía el empleo masivo de productos químicos como los pesticidas, los agroquímicos y el DDT en particular.

Su trascendencia fue tal que, en su momento logró que los productos químicos más nocivos, considerados como “la docena sucia”, se empezaran a erradicar. La importancia de Carson trasciende y se le considera la madre del ecologismo, pues gracias a ella no solo se consolidaron diversos grupos ambientales que hoy trabajan a nivel global, sino que despertó la conciencia sobre otros temas relacionados con el presente y el futuro de nuestro planeta: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación del mar con residuos, el uso de energías contaminantes y la tala desenfrenada de los bosques, entre otros temas cruciales.

Éste es un fragmento del libro que empieza como un cuento de hadas pero que luego nos aterriza en la realidad: “Había una vez una ciudad en el corazón de Norteamérica en la que todos los seres vivos parecían vivir en armonía con su entorno. La ciudad estaba enclavada en el centro de un mosaico de prósperas granjas, con campos de cereales y huertos donde, en primavera, blancas nubes de flores se mecían sobre los verdes campos…”.

La triste historia es que la primavera se queda eterna, no ve asomar el verano, ni el otoño, se queda como una estación silenciosa, inerte, donde lo que antes florecía y daba cientos de colores va desapareciendo. Estoy segura de que aún estamos a tiempo, gracias a Rachel Carson por abrirnos los ojos y a todos los que aportan su granito de arena por un mundo mejor.